Residentes de propiedades ubicadas detrás del Club Los Prados, en Santo Domingo, denuncian un problema crónico de contaminación acústica provocado por las actividades que se realizan en el área de la piscina del centro, que colinda directamente —pared con pared, según describen los vecinos— con viviendas residenciales.
La situación, que según los afectados se repite desde hace varios años, ha llegado al punto en que algunos residentes aseguran verse obligados a abandonar sus hogares durante los episodios de mayor intensidad sonora, incapaces de descansar por las vibraciones que se perciben incluso en la parte interior de las casas.
Mediciones, reuniones y acuerdos incumplidos
Los residentes no se han limitado a la queja verbal. Según una de las vecinas afectadas, han recurrido a aplicaciones móviles y equipos físicos de medición para documentar los niveles de ruido, y han enviado capturas de esas mediciones a representantes del club exigiendo una reducción del volumen.
El año pasado, afirman, lograron sostener una reunión formal con directivos del club en la que, según su versión, se acordó bajar el volumen de la música durante las actividades. Sin embargo, sostienen que el compromiso no se ha mantenido en la práctica.
«Los residentes detrás del Club Los Prados tenemos años lidiando con el nivel de volumen de la música de ellos, porque la piscina del club queda justamente pared con pared», explicó la denunciante.
Ventanas cerradas, balcones inutilizables y noches sin descanso
La intensidad del sonido, según la denuncia, ha alterado la cotidianidad de las familias afectadas de manera concreta: puertas y ventanas permanecen cerradas durante las actividades, y los balcones —áreas exteriores propias de las viviendas— han quedado en la práctica fuera de uso.
«Ahora mismo te estoy mandando un mensaje con las puertas cerradas, la ventana cerrada, todo cerrado. No podemos usar nuestros balcones. Los vecinos no podemos abrir ventanas porque los niveles de volumen son insostenibles», relató la residente.
El problema se agudiza durante los fines de semana, cuando los afectados aseguran que las actividades se prolongan más allá de los horarios comunicados. «Los fines de semana tenemos [niveles de ruido] extremadamente altos, a veces hasta la una o dos de la mañana», señaló la denunciante, quien añadió que en varias ocasiones las vibraciones de la música se perciben en zonas interiores de las casas.
Los residentes también reportan haber contactado al Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 en repetidas ocasiones, sin que ello haya resuelto la situación de fondo.
La denuncia instala un conflicto no resuelto entre el funcionamiento de un club recreativo privado y el derecho al descanso de los propietarios y arrendatarios colindantes, en un contexto en que la regulación y fiscalización del ruido urbano en el Gran Santo Domingo sigue siendo una asignatura pendiente para las autoridades municipales. El próximo paso que tomen los residentes —una acción legal formal, una queja ante el Ayuntamiento del Distrito Nacional o una intervención de Medio Ambiente— determinará si el caso escala o permanece en el limbo de los acuerdos informales.







