El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva lanzó su candidatura de reelección el domingo ante unos 20,000 seguidores reunidos en el estadio «1 de Mayo» de São Bernardo do Campo, la ciudad industrial en las afueras de São Paulo donde en 1979 arengó a 60,000 trabajadores metalúrgicos en huelga desde una mesa, sin micrófono. La elección del recinto fue un guiño deliberado al movimiento obrero que lo llevó, décadas después, a convertirse en el primer presidente de clase trabajadora de Brasil.
La candidatura de reelección de Lula, sin embargo, llega en un momento en que su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), enfrenta una crisis de identidad: el mundo laboral que lo forjó —el de las fábricas, los sindicatos y los empleos formales— ha cedido terreno ante la economía gig, los repartidores con moto y los conductores de aplicaciones que no reconocen un jefe, desconfían del Estado y se inclinan cada vez más hacia la derecha política.
El declive del empleo formal y el auge de las plataformas
En el núcleo del dilema político de Lula está una tendencia estructural: la proporción de trabajadores con empleos formales cayó al 38.2% en diciembre de 2025, frente al 46.7% registrado a finales de 2010, a pesar de que el desempleo cerró ese año en un mínimo histórico de 5.1%. El presidente lo contrarrestó ante su audiencia apelando a los logros de su gobierno: «Nosotros creamos 10.1 millones de empleos formales en estos últimos tres años y medio», dijo.
Pero esa narrativa tiene dificultades para calar entre los 2.1 millones de brasileños que trabajan a través de plataformas digitales, una fuerza laboral que creció 170% entre 2015 y 2025, según una estimación del Banco Central de Brasil basada en datos de la agencia nacional de estadística. Darlan Almeida, de 27 años y repartidor en moto en São Bernardo do Campo —cuyo padre fue obrero lulista—, ejemplifica esa brecha: dejó un empleo formal porque las aplicaciones le generan más ingresos y hoy se define como apolítico. «No saben lo que necesitamos ni cómo trabajamos. Deberían pasar un día con nosotros en las calles», dijo.
Eduardo Marini, conductor de Uber de 51 años, comparte la queja sobre las condiciones laborales pero valora la flexibilidad por encima de los beneficios del empleo formal y teme que la regulación gubernamental recorte su autonomía. Según una encuesta de 2023 financiada por Uber e iFood, el 40% de los trabajadores de plataformas se identifica con la derecha, otro 40% como centristas y solo el 20% con la izquierda. Oswaldo Amaral, investigador de opinión pública de la Universidad de Campinas, lo sintetizó así: «La percepción predominante es que el Estado solo estorba y recauda impuestos».
La crisis sindical y los intentos fallidos de regulación
La dificultad del PT para llegar a estos trabajadores se refleja también en el debilitamiento de su base organizativa tradicional. La tasa de sindicalización en Brasil cayó del 15.7% en 2014 al 8.9% en 2024, casi a la mitad en una década, según los últimos datos oficiales. Marco Teixeira, profesor de ciencias políticas de la Fundación Getulio Vargas, señaló que el partido carece de un mensaje claro para trabajadores que no tienen un empleador identificable.
Lula intentó regular el trabajo en plataformas en 2024, pero esos esfuerzos fracasaron por la oposición de las grandes tecnológicas y la desconfianza de los propios trabajadores. Un nuevo proyecto de ley impulsado este año se encuentra estancado en el Congreso. De cara a las elecciones de octubre, el PT propone una semana laboral más corta y nuevas protecciones para los trabajadores de aplicaciones —regulación de salarios, condiciones laborales, prestaciones de seguridad social y algoritmos de las plataformas—, pero la resistencia empresarial ha limitado el avance de esas iniciativas. El presidente del partido, Edinho Silva, reconoció la desconexión: «No hablan con ellos, no los organizan y no están presentes en su vida cotidiana», dijo en referencia a sindicatos y grupos de izquierda.
Flávio Bolsonaro abre campaña en Copacabana
El principal rival de Lula, el senador Flávio Bolsonaro, lanzó también su campaña el domingo, desde la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, apuntando precisamente a ese electorado desafecto. Prometió crear un programa llamado «Mi primera Empresa» —sin ofrecer detalles adicionales— y promover alianzas entre universidades y el sector privado para impulsar tecnología e innovación, de modo que «los jóvenes no solo tengan un diploma colgado en la pared, sino también un empleo», dijo.
La dinámica que se abre de cara a octubre ilustra una tensión que trasciende a Brasil: cómo los partidos de izquierda tradicionales, construidos sobre el trabajo industrial organizado, reconectan con una fuerza laboral que la economía digital ha atomizado y que desconfía de las instituciones que alguna vez los representaron. El ritmo al que el PT logre —o no— articular una propuesta creíble para los trabajadores de aplicaciones determinará en buena medida si Lula puede consolidar votos suficientes para ganar en octubre.









