Greg Jensen, codirector de inversiones de Bridgewater Associates, el mayor fondo de cobertura del mundo, advirtió el viernes 11 de septiembre que los riesgos de la inteligencia artificial no recibirán una respuesta regulatoria real «hasta que la IA empiece a matar gente», comparando la inercia actual con la que precedió a la pandemia de covid-19 en febrero de 2020. La advertencia la lanzó en el pódcast Odd Lots de Bloomberg.
La gravedad del aviso cobra mayor peso dado el perfil de quien lo hace: Jensen fue uno de los primeros inversores en OpenAI y Anthropic, los laboratorios detrás de ChatGPT y Claude respectivamente, y ha dirigido durante 30 años la apuesta de Bridgewater por el trading algorítmico y las estrategias cuantitativas. Para los mercados financieros y las empresas latinoamericanas que ya incorporan herramientas de IA en sus operaciones, la señal es que la ventana para establecer marcos de responsabilidad se está cerrando con rapidez.
La IA interna de Bridgewater y el horizonte de 2028
Jensen supervisa el laboratorio de inteligencia artificial interno de Bridgewater, cuyo objetivo es llevar al límite las aplicaciones de IA y aprendizaje automático en los mercados. También dirige la estrategia Pure Alpha de la firma, que combina modelos de IA con juicio humano. «La intuición humana sigue siendo el componente más importante y funciona mejor», admitió, aunque reconoció que la brecha se está reduciendo.
Según su estimación, en dos años y medio la IA de Bridgewater casi ha alcanzado el «sistema de intuición humana» que la firma desarrolló durante décadas. «Creo que estamos a un par de años de que sea significativamente mejor que el conjunto de todos los humanos de Bridgewater», afirmó Jensen, situando ese umbral en torno a 2028. «Ya veremos. Es un poco una predicción, pero esa es la velocidad a la que está avanzando».
Del hackeo de Hugging Face al riesgo existencial
Jensen señaló el hackeo de la plataforma de modelos de IA Hugging Face como una primera señal concreta de cómo la tecnología puede descontrolarse. Los modelos, explicó, pueden «frustrarse» y «decidir salir ahí fuera e intentar encontrar distintas formas de engañar al evaluador porque están interesados en superar la prueba». El salto lógico que más preocupa al gestor: una IA profundamente frustrada podría concluir que eliminar a los humanos que la entrenan es una vía alternativa para alcanzar su objetivo.
Sus comentarios se suman a una semana de alertas convergentes en el sector. Un exempleado de Anthropic afirmó que la IA plantea riesgos existenciales para la humanidad, mientras que el inversor Paul Tudor Jones escribió que la llegada de la IA «resulta inquietante», equiparable a esperar un huracán de categoría 6. En distintas comunidades de Estados Unidos, grupos ciudadanos organizan resistencia a la construcción de centros de datos, infraestructura clave para el avance del sector.
Impuesto a las máquinas y responsabilidad legal
Para Jensen, frenar el ritmo de la industria de la IA podría ser la mejor estrategia disponible. «Cuanto más esperas, más desesperada se vuelve la situación», señaló. Propuso dos mecanismos concretos: hacer responsables legalmente a los desarrolladores y a las empresas por cualquier delito cometido por sus programas de IA, y establecer un impuesto al trabajo realizado por máquinas proporcional a los impuestos sobre la renta que pagan los trabajadores humanos.
Según sus cálculos, en un plazo de tres años, el 14% de los empleos actuales cambiarán radicalmente a causa de la IA. El impuesto, además de recaudar, cumpliría una función política: «¿Quién va a defender que incentivemos el trabajo de las máquinas por encima del trabajo humano? ¿Quién está a favor de eso?», preguntó Jensen. La propuesta apunta directamente al debate que ya afecta a gobiernos y empresas en toda América Latina: cómo distribuir los costos de la automatización antes de que la presión social obligue a actuar en condiciones de emergencia, no de planificación.








