La inteligencia artificial en las aulas ya no es una tendencia futura: el 80% de los adolescentes utiliza herramientas de IA para buscar información, el 68% para estructurar trabajos y el 58% para preparar exámenes o aclarar dudas, según el estudio Educar en la era de la IA, realizado por Empantallados y GAD3 en 2025.
El problema ya no es si los estudiantes usan estas herramientas, sino cómo lo hacen. Cuando cualquier alumno puede resumir un libro en segundos o construir un trabajo de fin de curso en una tarde, la pregunta que se instala en las aulas y en los hogares es si la tecnología amplifica el aprendizaje o lo reemplaza. La respuesta condiciona desde el diseño de las evaluaciones hasta la relación cotidiana entre padres e hijos.
El uso se dispara, pero la verificación casi no existe
El volumen de uso contrasta con un dato que la directora del Máster en Tecnología Educativa de UNIE Universidad, Luisana Rodríguez, califica de «especialmente preocupante»: un estudio realizado con 3,700 estudiantes de ESO y Bachillerato en 17 centros concertados catalanes, a cargo de la Universidad Oberta de Catalunya y Escola Pia de Catalunya, reveló que solo el 10% de los jóvenes afirma comprobar siempre las respuestas que obtiene de la IA.
«La IA está cambiando [la forma de estudiar] bastante, y además a una velocidad que probablemente la escuela todavía no ha tenido tiempo de asimilar del todo», señaló Rodríguez. La adopción tecnológica también se refleja en el gasto familiar: según el Informe Vuelta al cole 2026 de Webloyalty, el gasto medio por pedido online en este período alcanzará los 198 euros, frente a los 181 euros de 2025, un incremento del 9% interanual y del 30% respecto a 2024. La electrónica de consumo y los ordenadores concentran el 52% del volumen de pedidos, por delante de los libros (30%) y la moda infantil (18%).
Prohibir no resuelve el fondo
Ante el avance de la tecnología, algunas administraciones han optado por la restricción. Nueva York prohibirá desde este curso el uso de inteligencia artificial en las aulas desde preescolar hasta octavo grado, una medida que afectará a unos 600,000 alumnos. El alcalde de la ciudad, Zohran Mamdani, la justificó con un argumento pedagógico: «Los niños necesitan maestros y conexión humana para aprender y crecer. Necesitan desarrollar destrezas junto a sus compañeros, formar relaciones con sus educadores y enfrentarse solos a problemas difíciles».
Rodríguez, sin embargo, advierte que «ignorarla o limitarse únicamente a prohibirla probablemente no resuelva el problema». Para la experta, el foco debe estar en el proceso, no en el producto final. «Si únicamente vemos el trabajo final, cada vez puede resultar más difícil saber qué parte ha realizado realmente el alumno y qué parte ha delegado en una herramienta», explicó.
El proceso como indicador real del aprendizaje
El psicopedagogo Aníbal J. Bogliaccini, autor de La educación silenciosa, plantea que la misión de los centros educativos ya no puede limitarse a transmitir conocimientos: debe centrarse en desarrollar pensamiento crítico, creatividad y la capacidad de dar sentido a la información. La pregunta de fondo que propone es directa: ¿qué debe enseñar la escuela cuando las respuestas están al alcance de todos?
Rodríguez propone que los profesores diseñen actividades donde el proceso tenga más peso que el resultado: investigar, comparar respuestas, debatir y defender posturas. Para identificar si un alumno realmente comprendió lo que entregó, sugiere preguntas concretas: ¿puede explicar lo que ha escrito?, ¿sabe justificar una decisión?, ¿ha comprobado la información que le dio la IA? En cuanto a las familias, la experta no les pide que dominen las herramientas tecnológicas, sino que pregunten: «¿Para qué la has utilizado? ¿Qué parte del trabajo has hecho realmente tú?».
El mismo estudio de Empantallados y GAD3 muestra que el 87% de los adolescentes considera fundamental la interacción con sus profesores y solo el 10% cree que la IA podría sustituirlos. Esa percepción coincide con lo que señalan organismos internacionales: el Future of Jobs Report del Foro Económico Mundial identifica el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia y el aprendizaje continuo como las competencias de mayor crecimiento, mientras que la OCDE insiste en que los sistemas educativos deben priorizar la resolución de problemas complejos y el pensamiento crítico por encima de la acumulación de contenidos.
Para Rodríguez, el verdadero reto educativo no pasa por enseñar a los alumnos a hacer menos, sino por lograr que la tecnología les permita aprender mejor sin que deje de pensar por ellos. «Si cada vez que tengo que escribir, argumentar, resolver un problema o crear una idea le pido a una máquina que lo haga por mí, puedo acabar entregando trabajos aparentemente mejores y, sin embargo, aprendiendo menos», advirtió. La pregunta que propone a cada estudiante ante el inicio de curso sintetiza el debate: «¿La IA me está ayudando a pensar mejor o está pensando en mi lugar?». La respuesta, dice, no la da la tecnología, sino el uso que cada alumno decida hacer de ella, y el acompañamiento que reciba para entenderlo.







