Los Tigres del Licey, el conjunto más laureado del béisbol dominicano, viven una temporada que ha golpeado directamente su orgullo histórico. Lo que inició con expectativas de repetir la grandeza de campañas recientes terminó convertido en un camino lleno de frustraciones. La palabra que más repite la fanaticada azul para describir este curso parece inevitable: fiasco.
El talón de Aquiles del Licey ha sido, sin discusión, su ofensiva. Con un promedio colectivo de .237 y un OPS por debajo de .650, la alineación se ha visto atrapada en un letargo prolongado que los coloca en el fondo de la liga. Más allá de las cifras frías, lo más desconcertante es la incapacidad de producir en situaciones de presión. La historia de esta temporada está llena de corredores dejados en posición anotadora, intentos fallidos de ejecutar jugadas pequeñas y un déficit constante de batazos oportunos. En una liga tan corta y exigente como LIDOM, esos detalles se convierten rápidamente en derrotas.
Las decisiones de la gerencia tampoco han logrado apaciguar el ambiente. El despido del coach de bateo Edgar Varela, figura esencial en los éxitos recientes, fue percibido más como un acto desesperado que como una estrategia coherente. A esto se suma la salida de lanzadores como Ryan Watson y Paolo Espino en plena crisis, dejando aún más vulnerable a un bullpen que ya mostraba grietas. La sensación en el entorno azul es clara: no hay estabilidad ni rumbo firme en la conducción del equipo.
Las cinco derrotas consecutivas han sido el golpe más duro. Con caídas en entradas extras frente a Estrellas Orientales y Águilas Cibaeñas, el equipo ha sido superado 28-19 en carreras durante esta racha negativa. La última victoria data del 18 de noviembre ante los Gigantes del Cibao, acumulando más de una semana sin celebrar. Para una institución acostumbrada a competir en lo más alto, esa sequía es devastadora.
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El contraste con las Águilas Cibaeñas es innegable. Mientras el Licey se hunde, las Águilas lucen un impresionante récord de 20-4, impulsadas por energía, juventud y bateo oportuno. La diferencia va más allá de los números: las Águilas juegan con hambre; el Licey, sin chispa ni liderazgo.
Con 118 años de historia y 24 coronas nacionales, el Licey no es un equipo común, y su fracaso supera lo deportivo. La fanaticada exige cambios estructurales ante un golpe que afecta identidad y tradición. El desastre azul 2025-26 se entiende como una tormenta perfecta: ofensiva estancada, dirección errática, bullpen debilitado y falta de carácter en juegos cerrados. Si no llegan refuerzos ofensivos ni estabilidad en el mando, esta campaña quedará marcada como una de las más oscuras para el glorioso club.







