Es una verdad básica, y bien conocida, que aquello que no se evalúa correctamente no puede mejorar, ya sea en lo económico, en lo institucional o incluso en lo personal. Esa lógica aplica con igual o mayor fuerza a la política fiscal, donde los errores de diagnóstico se traducen en costos para toda la sociedad.
Recuerdo que, años atrás, mientras me formaba en estos temas, un instructor repetía una frase que aún me acompaña: la evaluación nace con la política. Pero no se trata de cualquier evaluación. Los instrumentos deben ser los adecuados y, cuando sea necesario, es imprescindible revisar los indicadores, su pertinencia y su capacidad real para medir lo que se quiere observar. De lo contrario, los resultados pueden ser engañosos, las conclusiones erróneas y las decisiones públicas terminar desalineadas de la realidad.
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Tal situación podría desvirtuar el propósito fundamental de la política fiscal, que no es más que influir positivamente en la economía.
Para comprender un poco más este tema, aunque es bastante amplio para esta columna, creo que sería interesante un pequeño acercamiento a tres puntos clave en términos de evaluación: Ingresos, Gasto Público y Gastos Tributarios.
Ingresos
En el caso de los ingresos tributarios, lo común es concentrarse en “bajar y/o subir impuestos”. Sin embargo, antes de llegar a ese punto, es indispensable evaluar adecuadamente la estructura existente.
Estas evaluaciones son más conocidas y mayormente aplicadas, pues las administraciones tributarias conocen la importancia de la recaudación. Pero igual, siempre es bueno resaltar las ideas básicas, ya que si no se entiende qué sectores aportan más, cuáles menos, dónde hay brechas de cumplimiento, qué tan progresiva o regresiva es la estructura tributaria o cuánto se está dejando de recaudar por ineficiencias, cualquier reforma será incompleta.
Un diagnóstico pobre sobre los ingresos puede llevar a decisiones apresuradas, por ejemplo, subir tasas innecesariamente, crear tributos distorsionantes o descargar el peso fiscal sobre los mismos contribuyentes de siempre. En cambio, evaluar con cierto rigor permite lo contrario: identificar dónde están las verdaderas fugas, dónde hay espacio para mejorar el cumplimiento y dónde existen oportunidades para recaudar de manera más justa.
Gasto público
En el lado del gasto, la evaluación no solo consiste en revisar cuánto se gasta, sino qué se obtiene a cambio de cada peso. La eficiencia del gasto público es un ejercicio de medición que debe estar integrado al diseño de las políticas. Es que simplemente cuando no evaluamos, sería como recortar a ciegas. Imagina que llegas a una peluquería, te sientas y el barbero te empieza cortar el pelo sin siquiera considerar dos puntos básicos ¿qué tipo de corte quieres? (algo formal, atrevido, etc.), y ¿para qué lo quieres? (una entrevista de trabajo, un concierto de rock, una salida casual). Lo único que sabe es “cuándo” lo necesitas. Él te hará el corte, pero es muy probable que el resultado no sea lo que esperabas.
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Cuando se evalúa y se hace de forma correcta, los decisores tienen cierta claridad para la toma de decisiones y, por tanto, ser más certeros.
Una evaluación sólida del gasto evita caer en la tentación de reformas drásticas de austeridad que, lejos de resolver, amplifican los problemas sociales y económicos. En cambio, permite reasignar, corregir, fortalecer y eliminar aquello que no genera valor.
Gasto Tributario
Lo elemental aquí también es ¿qué quiero?, ¿cuándo lo quiero? y ¿para qué lo quiero? Estas son cuestiones que, en la práctica, parecen olvidarse. El gasto tributario, es decir, las exenciones, incentivos y tratamientos especiales que reciben sectores que reducen ingresos, en raras ocasiones cumplen con el debido escrutinio.
En nuestro país, como hemos reseñado en opiniones anteriores, este gasto supera el 4% del PIB, por tal razón, está claro que se debe observar más de cerca. Además, una parte significativa de este gasto se renueva de forma automática, sin un examen profundo de su impacto, su pertinencia o su costo-beneficio.
La falta de evaluación en el gasto tributario puede convertirlo en un sistema paralelo de asignación de recursos públicos, sin transparencia suficiente y sin una medición clara de sus resultados en cosas básicas como el empleo, inversión o competitividad. Evaluarlo es indispensable para saber qué incentivos funcionan, cuáles no y cuáles deben rediseñarse.
El equilibrio fiscal se logra con evaluación. Es sí o sí un requisito vital.
La visión moderna de la política fiscal entiende que los sistemas no se corrigen solo con leyes nuevas, sino con diagnósticos correctos. Cuando se evalúan bien los ingresos, el gasto público y tributario, las grandes reformas pierden su dramatismo, se agrega gradualidad a los cambios, la transición es más suave y el Estado mantiene la confianza de los ciudadanos.
Lo contrario también es cierto, cuando no se evalúa, el sistema se deteriora lentamente y un día la corrección inevitable llega en forma de reforma urgente, impopular y costosa.
La evaluación no reemplaza a la reforma; la hace más manejable y, ¿por qué no? menos molestosa para la gente.
Concluyendo…
La política fiscal no puede basarse en intuiciones ni en inercias. Necesita métricas claras, evaluación permanente y capacidad de rectificación. Siempre será mejor anticipar que reaccionar, o el similar y muy común dicho: “prevenir que lamentar”. Y, querido lector, esa es la diferencia entre un sistema fiscal que se adapta y uno que colapsa. Claro, debo reconocer la complejidad de todo esto, es algo que amerita mucho esfuerzo de las autoridades, pero es absolutamente necesario dar el paso.
Evaluar bien no reemplaza la reforma cuando esta es necesaria, pero evita que lleguemos a ella por descuido. En materia fiscal, como en todo, lo que no se mide correctamente se termina pagando caro.
La política fiscal suele reformarse cuando ya es tarde, pero rara vez se revisa cuando aún puede corregirse. La verdad incómoda es que los sistemas tributarios no colapsan por falta de impuestos, sino por falta de evaluación. Ingresos, gastos y gasto tributario operan muchas veces como cajas negras. Abrirlas, y evaluarlas bien, es la diferencia entre anticiparse al problema o enfrentarlo convertido en crisis.
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