Los bonos de EEUU se han convertido en el campo de batalla de una disputa de fondo entre el Tesoro y la Reserva Federal (Fed): el rendimiento del bono a 30 años rondó el 5.3% durante la última semana —máximos desde 2007— mientras la deuda pública total supera los US$40 billones, y los costos de financiamiento siguen subiendo pese a las intervenciones del Tesoro.
El escalón que separa a los dos protagonistas —el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el presidente de la Fed, Kevin Warsh— tiene consecuencias directas para cualquier emisor que acuda hoy al mercado, desde gobiernos hasta empresas. Cuando los rendimientos a largo plazo suben, el crédito se encarece en toda la cadena: hipotecas, bonos corporativos y deuda soberana de economías emergentes como la dominicana, cuyo costo de financiamiento externo está indexado a las tasas de referencia estadounidenses.
La brecha entre el Tesoro y la Fed
Bessent ha anunciado que el Tesoro duplicará, como mínimo, las recompras de deuda en circulación con vencimientos de entre 10 y 30 años, con el objetivo de mejorar la liquidez y gestionar la composición del endeudamiento público. La administración Trump tampoco descarta utilizar la cuenta de liquidez del Tesoro —valorada en US$1 billón— para continuar comprando deuda en el mercado abierto.
Warsh, en cambio, defiende reducir el balance del banco central y devolver al mercado el control en la formación de precios de los bonos. Desde que en 2020 la Fed desplegó medidas de liquidez casi ilimitadas para contener el colapso pandémico, su balance acumula una voluminosa cartera de deuda que, de ser liquidada, convertiría al banco central en un vendedor neto en el mercado de renta fija.
Wall Street ha tomado nota de quién tiene mayor poder de fuego en esta disputa. «Intentar poner techo a las rentabilidades en el entorno actual es como tratar de subir por una escalera mecánica que baja», advierte Warren Hyland, gestor de carteras de Muzinich. Para Hyland, la inestabilidad geopolítica, las presiones inflacionistas, el pleno empleo y el ciclo de inversión en inteligencia artificial (IA) de dimensiones extraordinarias están contribuyendo al llamado bear steepening —el ensanchamiento de la curva de rendimientos impulsado por una subida intensa de los tipos a largo plazo—. Además, señala que la retirada de las orientaciones prospectivas (forward guidance) por parte de los bancos centrales ha eliminado la «póliza de seguro» que ofrecían a los inversores, quienes ahora exigen una mayor compensación por mantener deuda a largo plazo.
Marc Seidner y Pramol Dhawan, estrategas de PIMCO, coinciden en que la reciente volatilidad refleja el aumento de los rendimientos reales y una mayor demanda de protección frente a la inflación, pero también ante los riesgos fiscales y la posibilidad de movimientos sorpresa de los bancos centrales.
La carga de la deuda soberana
El gasto neto por intereses del Gobierno estadounidense alcanza ya US$827,000 millones en lo que va de 2026 y apunta hacia el billón de dólares, según Eiko Sievert, director ejecutivo del sector público y soberano de Scope Ratings. La agencia proyecta que la deuda pública de EEUU pasará del 124% del PIB en 2025 al 138% en 2030, una trayectoria que Sievert califica de «significativamente más vulnerable a futuros shocks» que durante la crisis financiera mundial, cuando la deuda equivalía al 65% del PIB.
Scope Ratings también advierte que la creciente dependencia del Tesoro de las letras a corto plazo permite contener los costos inmediatos, pero incrementa el riesgo de refinanciamiento. «Las finanzas públicas de Estados Unidos dependen cada vez más de la evolución futura de los tipos de interés de la Reserva Federal», señaló Sievert en un comentario publicado este lunes.
La IA también demanda financiamiento
A la oferta soberana se suma una oleada de emisiones corporativas vinculadas a la inteligencia artificial. Según Enguerrand Artaz, estratega de La Financière de l’Échiquier, las emisiones de bonos destinadas a financiar proyectos de IA ya representan el 18% del total de emisiones de grado de inversión a nivel mundial durante el primer semestre de 2026, frente al 1% registrado en 2024. Las emisiones corporativas han aumentado un 36% respecto al mismo período del año anterior.
Alrededor del 70% de la deuda emitida por los grandes operadores de centros de datos (hiperescaladores) tiene vencimientos de siete años o más, con una duración media prevista de entre 15 y 17 años. «En los mercados de renta fija estamos asistiendo a un evidente fenómeno de desplazamiento por el que la deuda de la IA que inunda el mercado está siendo absorbida en detrimento de la deuda pública», apunta Artaz.
Las emisiones de bonos con grado de inversión en EEUU alcanzaron US$145,200 millones en agosto, el tercer récord mensual consecutivo, y acumulan US$1.46 billones desde comienzos de año, de acuerdo con datos citados por Hyland. «Entre la oferta soberana y la corporativa, está llegando al mercado un volumen muy elevado de duración en un momento en el que este ya tiene dificultades para absorberla», advirtió el gestor.
El discurso de Warsh en el simposio de Jackson Hole, previsto para el viernes, adquiere en ese contexto una relevancia excepcional. Bank of America lo resume en un informe cuyo título lo dice todo: «Bessent actúa, Warsh ahora tiene la bola». El banco espera que el presidente de la Fed marque diferencias respecto a sus predecesores y ofrezca más detalles sobre sus perspectivas de inflación y la función de reacción del banco central. Si su mensaje resulta creíble, los bonos y el dólar podrían estabilizarse, según BofA; de lo contrario, las cotizaciones podrían descontrolarse. Scope Ratings, por su parte, advierte que cualquier señalamiento contundente hacia la reducción del balance de la Fed podría provocar disrupciones en el mercado de deuda, con implicaciones que se extenderían mucho más allá de las fronteras estadounidenses.









