El PIB de Venezuela creció 7.14% interanual en el segundo trimestre de 2026, una aceleración marcada frente al 2.51% registrado en el primer trimestre, según cifras del Banco Central de Venezuela (BCV). Con ese resultado, el país acumula 21 trimestres consecutivos de crecimiento, una racha que hace apenas unos años habría parecido improbable.
Sin embargo, esas cifras no equivalen a recuperación plena. Venezuela proviene de uno de los colapsos económicos más severos de América Latina en tiempos de paz —una contracción de aproximadamente 73% del PIB entre 2014 y 2020—, y el nivel de ingreso por habitante sigue muy por debajo de los registros previos a la crisis. Una inflación proyectada en 387.4% para 2026, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), erosiona el poder adquisitivo de los hogares más vulnerables, desconectando el crecimiento macroeconómico de la experiencia cotidiana de la mayoría.
El petróleo como principal motor
El sector que más jalona la recuperación es el petrolero. Según el BCV, la actividad petrolera creció 9.1% interanual entre abril y junio de 2026. La producción de crudo pasó de alrededor de 823,000 barriles diarios en enero a 1.12 millones en julio, de acuerdo con las fuentes secundarias de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) recogidas en sus informes mensuales (Monthly Oil Market Report).
La actividad no petrolera también avanzó, aunque a un ritmo menor: 5.79% en el mismo período. Dentro de ese bloque destacaron las actividades financieras y de seguros, con un salto de 26.26%, y la construcción, con 16.11%.
El economista venezolano Asdrúbal Oliveros explica que el incremento en la producción y, sobre todo, en las exportaciones ha generado una mayor entrada de divisas que se filtra hacia otras actividades. «Eso ha dado al Estado mayor capacidad para intervenir en el mercado cambiario y ha aumentado la disponibilidad de dólares para las empresas», señaló Oliveros en declaraciones a DW. Aun así, advierte que la recuperación del sector privado es desigual: comercio, servicios, tecnología y actividades financieras muestran dinamismo, mientras que los sectores dependientes del consumo masivo atraviesan una situación distinta.
Opacidad en los datos y punto de partida deprimido
El economista José Manuel Puente introduce otro elemento de cautela: la calidad de la información. El BCV retomó la publicación de cifras de crecimiento tras años de datos incompletos, pero publica tasas de variación sin ofrecer todas las magnitudes necesarias para reconstruir adecuadamente las series históricas. «Hay un problema de opacidad y de transparencia desde hace muchos años», señaló Puente. Los datos muestran crecimiento, dijo, pero «no son de toda la calidad que uno quisiera», lo que genera desconfianza en analistas y mercados.
Puente recuerda además que el punto de partida es decisivo: tras perder alrededor del 73% de su PIB entre 2014 y 2020, incluso varios años de expansión a tasas relativamente elevadas no alcanzan para regresar a los niveles previos al colapso. A eso se suma la incertidumbre institucional, que actúa como freno a la inversión extranjera. «Para atraer inversiones a largo plazo también hacen falta seguridad jurídica, garantías a la propiedad e instituciones que generen confianza», advirtió. Oliveros coincide: «El petróleo puede financiar una recuperación, pero no puede sustituir una estrategia de desarrollo», y enumera retos pendientes como disciplina fiscal, estabilidad monetaria, recuperación del crédito, mejoras de infraestructura y reglas claras para la inversión privada.
Inflación y salarios recortan el repunte
La otra cara del crecimiento del PIB de Venezuela está en los precios y los ingresos. El FMI proyecta una inflación de 387.4% para 2026 y un crecimiento real del PIB de 4%. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) es algo más optimista en cuanto al crecimiento —calcula alrededor de 6.5%— pero también prevé una inflación cercana al 385%.
Esa combinación explica una aparente paradoja: la economía crece con fuerza mientras muchos hogares apenas perciben la mejoría. «Los salarios reales continúan siendo bajos para una parte muy importante de la población y la inflación sigue erosionando el poder adquisitivo», señaló Oliveros. «Puede haber crecimiento del PIB sin que la mayoría de los venezolanos perciba todavía una mejora equivalente en su bienestar».
Puente señala además que el crecimiento de algunos sectores todavía no compensa las deficiencias en servicios básicos como electricidad y agua, que funcionan a la vez como obstáculo para la expansión sostenida: una industria que quisiera crecer de forma continua necesitaría una infraestructura capaz de acompañarla.
Una economía a varias velocidades
El crecimiento tampoco se distribuye de forma homogénea. Según Oliveros, los primeros beneficiarios son «las empresas y trabajadores vinculados directa o indirectamente al petróleo, así como los sectores con acceso a divisas, capacidad de importar o atender segmentos de consumidores con mayores ingresos». Eso puede consolidar lo que el economista denomina una «economía a varias velocidades»: un sector petrolero y empresarial integrado en el circuito de divisas, con capacidad de invertir y protegerse de la inflación, frente a una porción mucho mayor de la población dependiente de salarios bajos o de la economía informal. La dolarización de facto ofrece protección a quienes reciben ingresos en moneda extranjera, pero no a quienes cobran en bolívares.
Puente plantea interrogantes adicionales sobre el destino de los nuevos ingresos petroleros, señalando que persisten problemas de transparencia y rendición de cuentas que dificultan determinar en qué medida esos recursos terminan beneficiando al conjunto de la sociedad.
Para Oliveros, la prueba real del repunte venezolano llegará cuando pueda determinarse si el crecimiento genera «inversión privada sostenida, empleo formal, aumento del salario real y mejoras perceptibles en el ingreso de los hogares». Sin esas condiciones, advierte, «Venezuela puede crecer en términos macroeconómicos mientras una parte importante de la población continúa sintiendo que la recuperación no ha llegado». Los próximos trimestres —y la evolución de la producción petrolera ante un entorno geopolítico volátil— serán determinantes para saber si la racha de 21 trimestres se traduce, finalmente, en bienestar generalizado.









