La Asamblea General de las Naciones Unidas retomó este miércoles 28 de octubre el debate sobre el embargo a Cuba que protagoniza cada año desde 1992, esta vez en el contexto de mayor tensión bilateral en décadas: el martes, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla abandonó su asiento, golpeó la mesa y se desplazó físicamente hacia la tribuna donde hablaba el embajador estadounidense Mike Waltz, interrumpiéndolo. Es la trigésima cuarta edición consecutiva de esta votación, y los números vienen cayendo de forma sostenida.
El enfrentamiento quedó documentado por la propia ONU. Waltz respondió con una frase que circuló en medios de todo el mundo: «Retroceda. Esto no es La Habana. Retroceda. Esta es Naciones Unidas, no su dictadura comunista, señor ministro». El comunicado oficial del organismo registró el episodio como una pausa en el debate, no como una expulsión, y la sesión prosiguió con las rondas de intervenciones de los grupos regionales antes de reanudarse el miércoles para la votación.
El argumento de Washington: el problema es el gobierno, no las sanciones
El choque fue político antes que protocolar. Waltz rechazó la premisa central del proyecto de resolución A/81/L.5, titulado «Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba», y sostuvo que la responsabilidad de la crisis cubana recae sobre su propio gobierno. «No hay bloqueo«, afirmó, según recoge la cobertura de Naciones Unidas.
Para respaldar ese argumento, el embajador desplegó fotografías: Fidel Castro portando dos relojes Rolex con un valor estimado en US$40,000 y el propio Díaz-Canel con uno similar. «Según las propias estadísticas del régimen, eso pagaría 55 años de salario medio cubano», señaló Waltz. El propósito era trasladar el foco del debate, de la política de sanciones hacia lo que Washington describe como corrupción de la élite dirigente.
Ese argumento se asienta sobre una escalada de presiones iniciada en enero de 2026, cuando, en respuesta a la extradición del expresidente venezolano Nicolás Maduro ejecutada por fuerzas estadounidenses, Washington estableció un bloqueo petrolero de alcance casi completo sobre la isla y endureció las restricciones en áreas como servicios financieros, defensa, minería y el sector privado. El resultado ha sido una combinación de cortes eléctricos masivos, desabasto de alimentos y una profunda contracción económica. El propio presidente Donald Trump declaró que Estados Unidos podría tener «el honor de tomar Cuba», y el secretario de Estado Marco Rubio instó abiertamente a los cubanos a colaborar con los servicios de inteligencia de su país.
La Habana admite el desgaste, pero no cede
El presidente Miguel Díaz-Canel fue inusualmente directo en su programa de radio al evaluar la presión recibida. Reconoció que la campaña en su contra constituye «la ofensiva diplomática y comunicacional más intensa como nunca antes» y fue más lejos al admitir que «hay personas que van a cambiar su voto porque están intimidadas por las presiones de Estados Unidos«. La declaración implica que el gobierno cubano prevé una reducción en su respaldo internacional, aunque no una derrota.
Su postura pública articuló dos mensajes simultáneos. Uno, de resistencia histórica: «El gobierno estadounidense deja claro que no renuncia a sus ambiciones de dominación sobre Cuba. Conviene recordar que los cubanos alcanzamos nuestra verdadera independencia el 1 de enero de 1959 y estamos decididos a defenderla». Otro, de alerta frente a una posible escalada: calificó la acusación formal contra la dirigencia cubana de «truco político» cuya finalidad sería «justificar la locura de una agresión militar». La frase de campaña interna elegida fue: «La opción de la rendición no es la opción de Cuba», según el portal oficial del gobierno cubano, que también agradeció el «respaldo mayoritario» recibido durante la primera jornada del debate.
Un respaldo que se erosiona votación tras votación
La resolución que se vota cada año carece de efecto jurídico obligatorio: no fuerza a Washington a modificar ninguna política. Su peso es diplomático y simbólico, y ese activo se ha ido deteriorando de forma acelerada. En 2024, la resolución obtuvo 187 votos a favor, 2 en contra y 1 abstención. En 2025, el respaldo retrocedió a 165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones; ese año Argentina, Paraguay y Hungría votaron junto a Estados Unidos e Israel, mientras Ecuador y Costa Rica optaron por la abstención, de acuerdo con el seguimiento de Infobae sobre la jornada.
El dato más revelador llegó en julio de 2026: una moción procesal para adelantar el debate, que no tocaba el fondo de la resolución, apenas reunió 136 votos a favor, 9 en contra y 30 abstenciones, con varios miembros de la Unión Europea entre los que optaron por no respaldarla. Que un asunto de agenda dividiera tanto al organismo anticipó que la votación de octubre sería más disputada de lo habitual.
Waltz dijo públicamente que el resultado del 28 de octubre sería diferente al de años anteriores. Todo apunta a que la resolución se aprobará una vez más, pero el dato que Washington y La Habana vigilarán con más atención no será el texto adoptado, sino el número exacto de votos a favor: el intervalo que va de 187 a 165 y hasta donde llegue hoy mide, mejor que cualquier declaración, cuánto terreno pierde Cuba en los foros multilaterales bajo la presión sostenida de Estados Unidos.












