Elon Musk, CEO de Tesla, afirmó que en 10 a 20 años el trabajo humano será opcional y el dinero perderá relevancia, gracias a la expansión de la inteligencia artificial (IA) y la robótica a escala global. Lo dijo ante un foro de inversión entre Estados Unidos y Arabia, donde trazó una visión de sociedad post-escasez que divide a economistas y responsables de política pública.
La declaración obliga a plantear una pregunta que los gobiernos, incluido el dominicano, no pueden postergar: si las máquinas producen todo, ¿quién financia ese sistema, quién lo regula y qué ocurre con quienes no puedan costear el acceso a esa tecnología?
La visión de Musk: robots en vez de empleos
En el foro internacional celebrado en Washington hace un par de meses, Musk comparó el trabajo futuro con cultivar vegetales por placer: algo que se hace por gusto, no por necesidad. «Será como jugar deportes o un videojuego», afirmó. «Si quieres trabajar, lo harás porque te gusta, pero no porque debas hacerlo para sobrevivir».
La base de ese escenario, según el empresario, es una fuerza laboral de millones de robots capaces de cubrir todas las necesidades productivas de la sociedad. Su empresa apuesta en particular por los robots humanoides Optimus, que Musk proyecta como el principal motor de valor de Tesla en los próximos años, a pesar de los retrasos técnicos ya reconocidos.
El alcance de su predicción va más lejos: dentro de una década, sostiene, sus autómatas superarán en número a los cirujanos humanos y ofrecerán atención médica de calidad superior a la actual. Y en un pódcast reciente fue aún más lejos al sugerir que la IA podría extender la vida humana si se modifica la «programación» biológica del envejecimiento.
Renta universal y el fin del dinero
Inspirado en la serie de ciencia ficción Culture, de Iain M. Banks, Musk imagina una economía donde un ingreso universal alto garantizaría que nadie dependa del empleo para cubrir sus necesidades básicas. En ese horizonte, el dinero mismo dejaría de tener importancia porque la abundancia generada por la IA eliminaría la escasez de bienes y servicios.
Sam Altman, CEO de OpenAI, comparte esa postura y ha defendido la renta básica universal como respuesta directa al auge de la automatización.
Los retos que la visión de Musk no resuelve
Economistas y académicos son más cautos. Ioana Marinescu, profesora de la Universidad de Pensilvania, señala que la robótica sigue siendo costosa y difícil de escalar fuera del entorno digital. Estudios recientes indican que, desde el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022, el mercado laboral global no ha sufrido la disrupción masiva que muchos anticipaban.
El problema no es únicamente técnico. Para que la riqueza generada por la automatización llegue a toda la población, los sistemas fiscales y de protección social deberán transformarse por completo. Hasta ahora, advierten los analistas, la revolución de la IA ha ampliado la brecha entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no. En países como República Dominicana, donde una parte significativa del empleo sigue siendo informal y de baja cualificación, esa brecha tiene consecuencias directas sobre el ingreso de millones de familias.
El dilema de fondo es financiero: alguien tiene que pagar los robots. Si el trabajo básico desaparece y el empleo se convierte en una elección, los Estados necesitarán nuevas fuentes de recaudación, probablemente impuestos sobre el capital automatizado, para financiar los ingresos universales que el propio Musk propone. Sin ese andamiaje, la promesa de un mundo sin trabajo obligatorio podría convertirse en un mundo donde quienes no puedan costear la tecnología compitan, en desventaja, contra las máquinas. Los gobiernos que no anticipen ese debate hoy tendrán menos margen para moldearlo mañana.









