Bill Gates anunció que destinará al menos US$1,000 millones en los próximos dos años para evitar que la inteligencia artificial y desigualdad se conviertan en sinónimos, advirtiendo que sin intervención deliberada, la tecnología reproducirá el patrón histórico de las grandes revoluciones: primero llega a quien puede pagarla y, mucho después, al resto.
La advertencia se publica en el informe anual Goalkeepers 2026 de la Fundación Gates, que proyecta un mundo profundamente dividido para 2045 si no se actúa ahora. Esa perspectiva tiene implicaciones directas para economías en desarrollo, incluidas las latinoamericanas, donde el acceso desigual a tecnología, educación y salud ya limita la movilidad social de millones de personas.
La brecha que preocupa a Gates
El fundador de Microsoft no centra el debate en los riesgos de una IA superinteligente, sino en uno más inmediato: que los sistemas más potentes se diseñen primero para usuarios e instituciones con mayor capacidad económica. «Si se deja en manos del mercado, las herramientas más capaces se desarrollarán primero para las personas e instituciones con mayor capacidad económica, no necesariamente para quienes más podrían beneficiarse», escribió Gates en su carta que acompaña el informe.
Para el filántropo, la tecnología tiene el potencial de actuar como «el gran igualador de nuestro tiempo», capaz de poner al alcance de cualquier persona el conocimiento de un médico, un profesor o un asesor agrícola. «Por eso me interesa la IA. No porque pueda escribir una línea de código impecable o planificar tus vacaciones, sino porque puede ayudar a un estudiante a superar un obstáculo antes de que se atrase», señaló Gates.
El informe proyecta que en 2045 habrá cerca de 900 millones de personas en pobreza extrema, que un joven del África subsahariana habrá recibido tres años menos de educación en promedio que uno de un país rico, y que más de tres millones de niños seguirán muriendo anualmente por enfermedades que el mundo ya sabe prevenir.
El problema del idioma en los datos
Uno de los ángulos menos discutidos que señala la Fundación Gates es el idiomático. Más del 90% de los datos utilizados para entrenar los primeros grandes modelos de lenguaje procedían de fuentes en inglés, lo que excluye de facto a millones de hablantes de otras lenguas, sus problemas, sus formas de expresarse y su conocimiento local.
Para la Fundación, este sesgo estructural representa un riesgo concreto: que una tecnología presentada como herramienta para democratizar el conocimiento reproduzca, desde su propia base de datos, las desigualdades que dice querer transformar. «La inteligencia artificial puede hablar con todo el mundo, pero todavía no ha aprendido a escuchar a todo el mundo», indica el informe.
Urgencia y recursos propios
Gates subraya que el margen de acción es estrecho. Según su análisis, las decisiones que se tomen en los próximos 12 a 18 meses determinarán quién se beneficia realmente de esta tecnología. «Con cada mes que pasa, la distancia aumenta», advirtió. «Podemos aprovechar la IA para el bien. No sucederá por casualidad.»
La inversión anunciada de US$1,000 millones se enmarca en el compromiso mayor de la Fundación Gates, que planea donar US$200,000 millones antes de cerrar definitivamente en 2045, lo que representa el 99% de la fortuna restante del cofundador de Microsoft y duplica su gasto previsto. «He vivido oleadas de cambios que, en su momento, me parecieron el acontecimiento más importante que estaba ocurriendo en la Tierra. Nunca me había sentido así», escribió Gates sobre el momento actual de la inteligencia artificial.
El seguimiento más relevante en las próximas semanas será cómo se canalizará esa inversión y qué modelos de gobernanza propondrán Gates y otros actores para garantizar que los sistemas de IA se entrenen también con datos de lenguas y contextos subrepresentados, una discusión que incumbe directamente a los países hispanohablantes y a sus reguladores tecnológicos.








