Dicen que no hay segunda oportunidad para una primera impresión. En el Aeropuerto Internacional de las Américas (AILA), esa máxima parece haberse archivado junto con el Wi-Fi. La puerta de entrada a la ciudad primada de América recibe a los visitantes con una experiencia digna de un museo de arqueología aeroportuaria donde la tecnología no es lo que se percibe.
El viajero aterriza, saca el teléfono —acto reflejo del siglo XXI— y descubre que conectarse es un lujo. Sin Wi-Fi, queda suspendido en una suerte de limbo comunicacional: no puede avisar a su familia, pedir transporte ni confirmar reservas. La modernidad, al parecer, se quedó en la sala de espera.
Luego viene Migración. Nacionales y extranjeros, todos juntos, como si la estandarización internacional fuera una sugerencia opcional. Separar filas para agilizar y controlar no es una extravagancia: es práctica común en aeropuertos que se toman en serio su rol. Aquí, la igualdad se aplica donde menos eficiencia produce.
El capítulo del equipaje merece mención especial. Las maletas, con un sentido dramático admirable, pueden tardar hasta una hora en aparecer. Pero la verdadera joya es el control: una sola máquina para revisar todo. Una. El minimalismo llevado al extremo. Quizá se trate de una apuesta por el turismo contemplativo: esperar, observar, resignarse.
La pregunta es inevitable y, por eso, incómoda: ¿qué estamos pagando los dominicanos? ¿Y para qué? Un aeropuerto no es solo concreto y pistas; es narrativa país. Es la tarjeta de presentación. Si la bienvenida es una carrera de obstáculos, el mensaje es claro: aquí, la paciencia es requisito de entrada.
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