En los últimos días ha resurgido un viejo debate. A raíz de las nuevas presiones de la administración del presidente Donald Trump sobre el régimen cubano y de las declaraciones de algunos comunicadores locales, volvió a repetirse una idea que aparece cada cierto tiempo: que el éxito turístico de República Dominicana depende de que Cuba permanezca cerrada al turismo internacional.
Confieso que cada vez que escucho esa afirmación me sorprende. No porque Cuba no tenga potencial —lo tiene de sobra— sino porque esa teoría reduce uno de los mayores casos de éxito económico de América Latina a una explicación tan simple como equivocada.
Antes de continuar, quiero dejar algo claro. Cuba es un país con una riqueza natural, histórica y cultural extraordinaria. Sus playas son espectaculares, sus ciudades tienen un enorme valor patrimonial y su pueblo merece mejores oportunidades de desarrollo. Ojalá llegue el día en que pueda desplegar todo su potencial turístico. Eso sería positivo para los cubanos y también para el Caribe.
Lo que no tiene sentido es afirmar que República Dominicana ha llegado hasta aquí únicamente porque Cuba no lo ha hecho.
Esa narrativa desconoce décadas de esfuerzo y, en cierto modo, le resta mérito a miles de dominicanos que han construido una industria admirada en todo el mundo.
El liderazgo dominicano no fue cuestión de suerte
El turismo dominicano no nació por accidente.
Durante décadas, distintos gobiernos, sin importar su color político, entendieron que el turismo debía convertirse en una política de Estado. El Ministerio de Turismo, junto con el sector privado, invirtió en promoción internacional, abrió mercados, fortaleció relaciones con aerolíneas, participó en las principales ferias del mundo, impulsó incentivos para la inversión y desarrolló infraestructura que hoy sostiene una de las industrias más dinámicas del país.
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Difícilmente existe una feria internacional de turismo donde República Dominicana no tenga una presencia destacada. FITUR en Madrid, ITB Berlín, World Travel Market en Londres y otros grandes escenarios internacionales han servido durante años para vender la marca país, atraer inversionistas y abrir nuevas oportunidades.
Eso no ocurre por casualidad.
Ocurre porque existe una estrategia.
Los números cuentan una historia diferente
Los resultados hablan por sí solos. En 2025, República Dominicana recibió más de 11.6 millones de visitantes, la cifra más alta de su historia. De ellos, cerca de 8.9 millones llegaron por vía aérea y alrededor de 2.7 millones mediante cruceros, consolidando al país como el principal destino turístico del Caribe.
¿De verdad alguien cree que esos números existen únicamente porque Cuba no está completamente abierta?
Sería una explicación demasiado pobre para una industria que representa una parte importante de la economía nacional, genera cientos de miles de empleos y atrae miles de millones de dólares en inversión.
Hoy vendemos mucho más que playa y sol
Pero el mayor error de esa teoría es que parte de una visión del turismo que quedó en el pasado.
Quien todavía piensa que República Dominicana vende únicamente playa y sol no entiende cómo funciona la industria turística del siglo XXI.
Hoy competimos ofreciendo experiencias.
Somos un referente en turismo inmobiliario, donde miles de extranjeros no solo vienen de vacaciones, sino que compran propiedades, invierten y terminan convirtiéndose en residentes permanentes.
Somos un destino líder en turismo de salud, recibiendo pacientes de toda la región gracias a la calidad de nuestros centros médicos.
Hemos desarrollado una sólida industria de cruceros, fortalecemos el turismo deportivo con eventos internacionales, impulsamos el turismo gastronómico, el ecoturismo, el turismo de lujo y seguimos desarrollando nuevos polos como Miches y Pedernales.
A eso se suma una industria cinematográfica que ha convertido al país en escenario de importantes producciones internacionales, una conectividad aérea cada vez mayor, modernos aeropuertos, nuevas carreteras, puertos de cruceros, una amplia oferta hotelera y un ambiente favorable para la inversión extranjera.
Una marca país construida durante décadas
Muchos de los principales desarrolladores turísticos e inmobiliarios que hoy impulsan grandes proyectos en República Dominicana ni siquiera nacieron aquí. Decidieron establecerse en nuestro país porque encontraron estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica y reglas claras para invertir.
Eso también forma parte del éxito dominicano.
Mientras algunos siguen creyendo que competimos únicamente con playas, el país lleva años construyendo un ecosistema económico alrededor del turismo.
Y ese ecosistema no se copia de un día para otro.
La competencia no es una amenaza
Existe además otro error de fondo.
El turismo no funciona como un juego donde, si un país gana turistas, otro necesariamente los pierde.
España, Italia, Francia y Grecia reciben millones de visitantes cada año sin que el éxito de uno implique el fracaso del otro. Lo mismo ocurre en el Caribe. Jamaica, Bahamas, Puerto Rico, México y República Dominicana conviven en el mismo mercado porque los viajeros buscan experiencias diferentes.
La apertura de Cuba, cuando ocurra, no significará automáticamente el desplazamiento de República Dominicana. Significará que habrá un nuevo competidor con grandes atractivos, como ocurre en cualquier industria dinámica.
Y competir nunca debería asustarnos.
Al contrario, debería impulsarnos a seguir innovando.
El verdadero reto está en no conformarnos
Si hay algo que debe preocuparnos no es Cuba. Es caer en la complacencia.
Debemos continuar invirtiendo en infraestructura, elevar la calidad del servicio, proteger nuestros recursos naturales, diversificar la oferta turística, fortalecer la seguridad, desarrollar nuevos destinos y mantener la confianza que durante décadas hemos construido con inversionistas y visitantes.
Los líderes rara vez pierden su posición porque otros mejoran.
La pierden cuando dejan de mejorar ellos mismos.
El mérito hay que reconocerlo
Por eso considero que repetir que República Dominicana depende de que Cuba permanezca cerrada no solo es un análisis equivocado. Es desconocer el trabajo de varias generaciones de empresarios, hoteleros, trabajadores, inversionistas, funcionarios y promotores que convirtieron al turismo en uno de los pilares de nuestra economía.
República Dominicana no lidera el Caribe porque otro país haya tenido dificultades.
Lidera porque decidió planificar cuando otros improvisaban; invertir cuando otros dudaban; construir una marca cuando otros apenas comenzaban a descubrir el potencial de esta industria.
Ojalá, Cuba, alcance el desarrollo turístico que merece. Será una buena noticia para los cubanos y para toda la región.
Pero cuando ese día llegue, República Dominicana seguirá siendo un referente, no por suerte ni por la ausencia de competencia, sino por el enorme trabajo que ha realizado durante décadas para ganarse ese lugar.









