La reflexión que sigue nació de la lectura de una antología de temas económicos escritos por Juan Bosch entre 1971 y 1991. En uno de esos escritos, Bosch respondía directamente a Joaquín Balaguer, quien presentaba ciertos avances económicos como si fueran desarrollo genuino. Bosch advertía que un país podía exhibir cifras espectaculares de producción y, sin embargo, mantener a su pueblo sumido en la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. Es una idea básica en el mundo económico, consensuada por un enorme número de expertos, pero parecería que incluso los más letrados la olvidan.
En América Latina, los gobiernos suelen celebrar el aumento del Producto Interno Bruto (PIB), la llegada de inversión extranjera y los récords de exportación. Las cifras se presentan como un logro nacional, prueba irrefutable de progreso. Sin embargo, el crecimiento económico es un indicador cuantitativo: mide cuánto produce una economía en un período determinado, no necesariamente cómo vive la gente que forma parte de ella. Una economía puede crecer con rapidez y, sin embargo, dejar a gran parte de su población rezagada: producir más sin garantizar servicios básicos, elevar el ingreso nacional sin mejorar su distribución, atraer capital extranjero sin generar empleos dignos.
El desarrollo, en cambio, es un concepto cualitativo que trasciende los números. No se trata solo de producir más, sino de producir mejor: con equidad social e instituciones sólidas. Que la riqueza generada se traduzca en vidas más dignas, acceso a salud, educación, empleo decente, vivienda y libertades políticas y sociales. Como señaló Amartya Sen en su libro Development as Freedom (1999), el desarrollo consiste en expandir las libertades de las personas: la posibilidad de educarse, estar sanos, vivir en un entorno seguro y participar plenamente en la vida pública y económica.
Históricamente, economistas como Simon Kuznets también alertaron sobre los riesgos de confundir crecimiento con bienestar. Kuznets observó que durante ciertas etapas de industrialización, los indicadores de ingreso pueden crecer mientras aumentan la desigualdad y la pobreza relativa. En otras palabras, la expansión económica puede concentrar la riqueza en manos de unos pocos, profundizando las brechas sociales si no se acompaña de políticas redistributivas efectivas. La CEPAL, en informes sucesivos sobre América Latina y el Caribe, ha reiterado que el crecimiento económico debe ser incluyente y transformarse en desarrollo humano para tener sentido en una región marcada por desigualdades históricas.
Para ilustrar el tema, resulta oportuno traer un fragmento de Juan Bosch, publicado por El Nacional en mayo de 1971:
“Ahí está el caso de Haití, el más cercano a nosotros. En cosa de un siglo, entre 1680 y 1791, Haití se convirtió en uno de los territorios más ricos de América; pero la población de Haití estaba compuesta entonces por más de medio millón de esclavos y 30 mil franceses, y de los 30 mil franceses, más de la mitad eran empleados, soldados, pequeños negociantes y artesanos, de manera que una minoría de franceses que no llegaba a diez mil personas era la que se enriquecía con la enorme riqueza que producían, casi en su totalidad, no así los 500 y tantos mil esclavos negros. En Haití, pues, hubo aumento formidable de la riqueza y ni el más mínimo desarrollo. Podemos comparar al aumento de la riqueza con el crecimiento de un niño y al desarrollo de su salud, y es fácil comprender que hay miles de niños que crecen y sin embargo están enfermos, no tienen salud.”
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Existen numerosos casos de países que crecieron sin desarrollarse. Perú, durante el llamado “milagro peruano” de la primera década del siglo XXI, vivió un auge extraordinario gracias a la minería y al boom de los precios internacionales. El PIB crecía a tasas admirables y Lima se transformaba con nuevos centros comerciales y grandes obras de infraestructura. Sin embargo, gran parte de la población permanecía en condiciones de precariedad, con servicios básicos insuficientes y alta dependencia de sectores volátiles. Hubo crecimiento, sí, pero sin desarrollo inclusivo y sostenible para toda la población.
Otro ejemplo lo encontramos en México durante la segunda mitad del siglo XX. A pesar del llamado “Milagro Mexicano”, caracterizado por un crecimiento sostenido del PIB entre 1940 y 1970, la concentración de la riqueza y la pobreza persistente mostraban que el progreso económico no se traducía automáticamente en desarrollo social. La industrialización y la modernización urbana beneficiaron principalmente a sectores urbanos y privilegiados, mientras que las zonas rurales continuaban con altos índices de marginación y analfabetismo. Este fenómeno demuestra cómo el crecimiento sin políticas redistributivas genera un progreso desigual, reforzando el planteamiento de Bosch de que desarrollo y crecimiento no son sinónimos.
En la República Dominicana, la situación refleja una paradoja similar. En las últimas dos décadas, el país ha sido una de las economías más dinámicas de la región. En 2024, el ingreso per cápita dominicano alcanzó cerca del 13 % del de Estados Unidos, una cifra que refleja un avance significativo en la convergencia económica, si tomamos como base el año 2004, donde solo alcanzaba el 5.88%. La desigualdad también ha mostrado mejoras: el coeficiente de Gini descendió de un 0.52 en 2003 a aproximadamente 0.38 en 2023 según el Banco Mundial. Sin embargo, la realidad social sigue mostrando desafíos importantes: casi la mitad de la población vive en hogares donde todos los ocupados trabajan en la informalidad, sin acceso a seguridad social ni estabilidad laboral. Esto significa que, aunque el país crece, gran parte de su población no siente el progreso en su vida cotidiana.
La situación dominicana confirma lo que Bosch dejó claro en sus escritos: el crecimiento económico y el desarrollo no son sinónimos. Bosch escribía en respuesta a Balaguer, advirtiendo que una economía que concentra la riqueza en unos pocos, aunque muestre cifras brillantes en informes macroeconómicos, no puede llamarse desarrollada. El desarrollo, insistía Bosch, es consecuencia de la justicia social y de políticas públicas orientadas a mejorar la vida de todos, no solo de unos pocos sectores privilegiados.
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El desafío de transformar el crecimiento en desarrollo implica decisiones políticas de largo alcance. Invertir en capital humano, fortalecer la educación y la salud, diversificar la economía, implementar sistemas fiscales más equilibrados (con especial atención en la regresividad) y garantizar instituciones transparentes son pasos fundamentales. Además, es imprescindible que la política económica tenga un enfoque inclusivo, donde los beneficios del crecimiento lleguen a todos los ciudadanos y no solo a una élite. La experiencia comparada muestra que países que lograron un desarrollo sostenido, como Corea del Sur o Finlandia, combinaron crecimiento con fuerte inversión social, reducción de desigualdades y creación de instituciones sólidas.
Seguro has escuchado a alguien decir: “La economía crece y crece, pero yo no lo siento en mi bolsillo”. Y no le falta razón. El problema es que ese crecimiento muchas veces se queda en los números y no en la vida diaria de la gente. Lo justo sería que se notara en cosas simples pero esenciales: un salario que alcance, una buena educación para los hijos, servicios de salud dignos, más seguridad y, en general, una sensación real de justicia social.
Sin intentar rozar la poesía, diría que celebrar únicamente el crecimiento, sin atender a su distribución y a las condiciones de vida de la población, es como aplaudir un árbol que crece en medio del desierto: puede parecer fuerte, pero está condenado a secarse. La tarea pendiente en América Latina, y en la República Dominicana en particular, es convertir esas cifras macroeconómicas en desarrollo humano real: vidas más dignas, justas y plenas. Lo entendió Bosch al responder a Balaguer, lo recuerdan economistas como Sen y Kuznets, entre muchos otros, y lo refuerza la CEPAL: crecer no basta, hay que desarrollarse. El verdadero progreso se mide, al final, en la dignidad de la gente.
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