WASHINGTON, EE. UU. – Las importaciones de prendas de vestir desde China a Estados Unidos cayeron en mayo de 2025 a su nivel más bajo en 22 años, reflejando el impacto directo de la política arancelaria agresiva impulsada por el presidente Donald Trump y un giro estructural en las cadenas globales de aprovisionamiento textil.
Según datos de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos (USITC), el valor de las compras estadounidenses de ropa china fue de apenas US$556 millones en mayo, por debajo de los US$796 millones de abril, marcando el cuarto mes consecutivo de descensos y el nivel mensual más bajo desde mayo de 2003.
China, históricamente el principal proveedor de vestimenta para el mercado estadounidense, ha visto disminuir drásticamente su participación de mercado como resultado de los aranceles de hasta 145% impuestos desde abril. Esta medida, justificada por la administración Trump como parte de su política de “defensa económica”, busca castigar la dependencia estructural de productos chinos y reubicar parte de la cadena de suministro hacia países considerados aliados o estratégicos.
“El desplome no es accidental”, afirma Sheng Lu, profesor de moda y confección en la Universidad de Delaware. “Es una reacción directa a las decisiones políticas, que están empujando a los minoristas a diversificar urgentemente su cadena de abastecimiento”, añadió.
Empresas auditoras como QIMA confirman esta tendencia: sus datos muestran que las inspecciones en fábricas chinas para clientes estadounidenses cayeron un 25% en el segundo trimestre, mientras que la demanda en el sudeste asiático aumentó un 29%, en comparación interanual.
Los principales beneficiarios de este redireccionamiento han sido países como Vietnam, Bangladesh, India y México. En particular, México registró un repunte del 12% en sus exportaciones de ropa hacia EE. UU. en mayo, alcanzando un valor de US$259 millones, consolidando su posición como alternativa cercana y competitiva para el mercado norteamericano.
A pesar de un acuerdo comercial reciente entre Washington y Pekín, las grandes marcas de moda de EE. UU. planean reducir su exposición a China o incluso abandonar completamente la manufactura en ese país. Las razones van más allá de los aranceles: incluyen riesgos geopolíticos, incertidumbre regulatoria y la búsqueda de modelos de producción más flexibles.
En enero, los minoristas se adelantaron a la entrada en vigor de los aranceles, generando una acumulación de inventario con importaciones por US$1,690 millones, un 15% más que el mismo mes del año anterior. Desde entonces, la tendencia ha sido de contracción sostenida.
QIMA advierte que los próximos meses serán críticos, ya que la pausa temporal de aranceles a países no chinos expira pronto, justo cuando comienza la temporada de compras para las fiestas. Esto podría poner a prueba la resiliencia y agilidad de las cadenas de suministro estadounidenses, y podría provocar nuevos ajustes en el patrón global de aprovisionamiento.
Con una política comercial cada vez más ideologizada, el mercado textil global se encuentra en medio de una transformación que podría redefinir la geografía de la producción para los próximos años.
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