El comercio mundial resiste, por ahora, las sacudidas acumuladas de seis años: la pandemia de COVID-19, dos guerras activas y los aranceles más altos que Estados Unidos ha aplicado en décadas. Según el informe anual de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el volumen del comercio de bienes creció 4.6% el año pasado, y el de servicios, 5.3%, cifras que superaron las expectativas de muchos analistas.
Detrás de ese resultado se esconde una advertencia. El economista jefe de la OMC, Robert Staiger, señala que las exportaciones ligadas a la inteligencia artificial (IA) «pueden estar ocultando parte de la caída del comercio mundial que, de otro modo, podría estar produciéndose». Para economías como las de América Latina y el Caribe, que casi no participan en ese intercambio tecnológico, el crecimiento agregado del comercio global ofrece un alivio limitado.
La IA sostiene el comercio de bienes, pero con alcance desigual
La tecnología vinculada a la IA representa cerca de una sexta parte del comercio de bienes a escala global, pero casi la mitad de su crecimiento. Asia domina ese intercambio. África, América Latina, Oriente Medio y gran parte de Europa apenas participan, según la OMC.
China se mantuvo como el mayor exportador de bienes del mundo, y Estados Unidos como el mayor importador, con la Unión Europea (UE) en segundo lugar en ambas categorías. Staiger calificó el momento actual como el de «las perturbaciones más graves y prolongadas desde que se creó el sistema [comercial mundial] hace 80 años», según declaraciones recogidas por la agencia AFP.
Los aranceles de Trump y el retroceso de las normas multilaterales
Desde que Donald Trump regresó a la presidencia en 2025, Washington se ha alejado de las reglas de la OMC. Al fijar aranceles específicos por país, rompió el principio de igualdad de trato y luego negoció exenciones y tarifas «recíprocas» de forma bilateral. Pese a ello, cerca del 72% de los bienes mundiales sigue comerciándose bajo las normas básicas de la organización, frente a cerca del 80% en 2022.
Las consecuencias ya son visibles en los flujos comerciales. Las importaciones estadounidenses desde China cayeron cerca de 28% el año pasado, de acuerdo con el Peterson Institute for International Economics, mientras que las procedentes del resto del mundo aumentaron casi 10%. Vietnam, Taiwán y México captaron buena parte de esa demanda redirigida, sustituyendo a proveedores chinos.
Thomas Sampson, profesor asociado de la London School of Economics, sostiene que «el mundo ciertamente no se está globalizando más», aunque aún no queda claro si se trata de una desglobalización real o simplemente de un cambio de socios comerciales. Desde aproximadamente 2015, el comercio mundial crece al mismo ritmo que la economía global, sin retroceder todavía en términos absolutos.
Guerra, Ormuz y la reconfiguración energética
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 y la guerra con Irán, iniciada a finales de febrero de 2026, aceleraron una reorientación profunda del comercio energético. La UE redujo su dependencia del gas ruso desde 37% a finales de 2021 hasta cerca del 10%, según Eurostat, mientras que las importaciones europeas de petróleo y carbón rusos son ya insignificantes. Rusia encontró compradores alternativos, principalmente China e India, que adquirieron su crudo con fuertes descuentos.
Desde finales de febrero de 2026, Irán cerró el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más críticas del planeta. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos desviaron parte de su petróleo por oleoductos internos. La producción adicional de Estados Unidos, Kazajistán, Brasil y Venezuela ayudó a sustituir millones de barriles faltantes, según la Agencia Internacional de la Energía, y varios países liberaron unos 300 millones de barriles de reservas estratégicas, según informó Reuters en agosto. Casi siete meses después del cierre, el precio del crudo Brent se ha mantenido por encima de 100 dólares durante gran parte del conflicto, y algunos analistas alertan de una oferta peligrosamente ajustada hacia el otoño e invierno.
Camille Reverdy, investigadora asociada del centro Bruegel, duda de que el comercio energético entre Europa y Rusia se recupere tras la guerra: «Si las alternativas se convierten en fuentes fiables, no veo que vuelva».
El costo de una mayor fragmentación
Los economistas de la OMC estiman que una mayor fragmentación comercial de tinte geopolítico podría reducir el PIB mundial cerca de 5% para 2050. Si la OMC desapareciera y solo quedara un mosaico de tratados de libre comercio, la caída rozaría el 7%, con las economías más pequeñas y pobres como principales perjudicadas. En contraste, reforzar las reglas multilaterales podría elevar el PIB mundial aproximadamente 3%.
Entre los escenarios alternativos al sistema actual figuran mantener aranceles país por país, construir una red de acuerdos de libre comercio entre bloques o, según una propuesta de Chatham House, que la UE, Japón, Canadá, Australia y México sostengan un comercio basado en reglas similares a las de la OMC en una escala que Estados Unidos y China no pudieran ignorar. Reverdy señala que la UE preferiría reformar la OMC: «La UE todavía quiere ser vista como líder del comercio libre y multilateral».
Sampson advierte que la «ley de la selva» que Trump ha instalado perjudica sobre todo a los países pequeños, que tienen una «voz más fuerte» bajo el sistema multilateral actual. «La confianza en Estados Unidos como socio comercial se ha derrumbado», sostiene, y recuperarla podría llevar años, incluso bajo una presidencia demócrata. Para República Dominicana y el resto de América Latina, cuyo comercio depende en gran medida del acceso a mercados grandes y de reglas predecibles, la dirección que tome ese debate en los próximos meses marcará las condiciones de exportación, inversión y financiamiento externo en el mediano plazo.








