Los genios de Silicon Valley, que durante casi dos décadas ocuparon el lugar del héroe en la cultura popular estadounidense, son ahora el material preferido de Hollywood para construir villanos. Series como Cupertino, The Comeback y War, junto a películas como The Social Reckoning, Artificial y el documental Musk, confirman que la industria audiovisual ha dado un giro definitivo en su lectura del fundador tecnológico.
La tendencia no es un capricho estético. Refleja la desconfianza creciente que despiertan estos perfiles en la opinión pública y el miedo ante el poder económico, mediático y político que han acumulado figuras como Elon Musk, Mark Zuckerberg o Sam Altman. Para el espectador latinoamericano, que consume plataformas y redes sociales controladas por estas mismas compañías, las narrativas que cuestionan su influencia tocan directamente la conversación sobre privacidad, manipulación algorítmica e inteligencia artificial.
Del garaje al pedestal
Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, el relato del fundador tecnológico encajó a la perfección con el arquetipo estadounidense del «hombre hecho a sí mismo». El boom de Silicon Valley le dio una versión actualizada: un personaje de inteligencia superior a la media, audaz, sin traje ni despacho, cuyo motor no era la ambición sino una misión más elevada. El dinero aparecía como consecuencia casi accesoria, no como objetivo. Steve Jobs es el modelo más acabado de ese arquetipo narrativo.
A principios de la década de 2020 comenzó la primera fisura. The Dropout y WeCrashed, centradas respectivamente en Elizabeth Holmes (fundadora de Theranos) y Adam Neumann (fundador de WeWork), introdujeron una reflexión moral sobre el costo real de la cultura start-up: el daño a trabajadores, inversores y clientes bajó del pedestal a estas figuras y convirtió sus historias en advertencias.
El villano ya no es ambiguo
Este año el cambio es más radical. La presentación del fundador como villano ya no admite lecturas ambiguas; además, el foco se ha desplazado del pasado al presente. Ya no se trata de reconstruir en retrospectiva el nacimiento de una empresa, sino de retratar en tiempo casi real el proceso de consolidación de imperios tecnológicos activos.
En televisión, Cupertino (CBS) plantea un drama legal al estilo David contra Goliat en Silicon Valley. The Audacity (AMC) satiriza el narcisismo y la ausencia de moralidad de las élites tecnológicas. God Mode (Netflix) y The Comeback abordan los riesgos de la concentración de poder. War (HBO) presenta al multimillonario tecnológico como representante de una nueva élite.
En cine, The Social Reckoning, escrita y dirigida por Aaron Sorkin como continuación de The Social Network, abandona el origen de Facebook para centrarse en las consecuencias del poder acumulado por la plataforma, a través de la denunciante Frances Haugen y los llamados Facebook Files. Artificial, dirigida por Luca Guadagnino, reconstruye el despido de Sam Altman como CEO de OpenAI en 2023 y su regreso apenas cinco días después, utilizando aquel conflicto interno para abordar la lucha por el control de la inteligencia artificial. El documental Musk, del director Alex Gibney, examina la distancia entre la imagen de visionario de Elon Musk y el poder real que ha acumulado. Y You Can See Everything, de Nathan Fielder y Lance Oppenheim, sigue a Elizabeth Holmes en un documental cuyo rodaje comenzó 34 días antes de que la ex CEO de Theranos ingresara a prisión.
El competidor en la sala
Hay una paradoja en este giro narrativo: varios de los proyectos mencionados nacieron al amparo de las mismas compañías tecnológicas que critican. Amazon es hoy un estudio de cine. Apple produce contenido para cine y televisión. Netflix transformó las reglas de la distribución. YouTube compite por el horario estelar. La inteligencia artificial avanza dentro de los flujos de producción y distribución audiovisual a un ritmo acelerado.
Que estas plataformas financien narrativas que cuestionan abiertamente la cultura de Silicon Valley o los excesos de sus directivos responde a una lógica de negocio: hay un interés natural del público por estas historias y, donde hay atención, hay ingresos. El antiguo objeto de fascinación se ha convertido en competidor directo de la industria del entretenimiento, con capacidad real de alterar sus modelos de negocio, sus profesiones y la cadena de valor del audiovisual. Esa proximidad de la amenaza es, precisamente, el combustible que convierte al visionario en villano. Los próximos ciclos de estrenos permitirán ver si el público responde con el mismo entusiasmo que tuvo durante dos décadas ante la versión heroica de estos mismos personajes.







