Había pensado este espacio para otro tema, esencialmente jurídico, como corresponde. Pero hay momentos en los que la vida —y también la muerte— nos obligan a cambiar de planes.
El pasado 10 de septiembre falleció el Dr. William C. Headrick, uno de los socios fundadores de la firma Headrick Rizik Álvarez & Fernández, conocida en la comunidad jurídica nacional e internacional como HEADRICK, de la que hoy tengo el privilegio de formar parte. Y decidí honrar su vida y, muy especialmente, algo que siempre me produjo una profunda admiración: su extraordinario amor por el derecho dominicano.
Mi historia con HEADRICK comenzó mucho antes de que imaginara sería una de sus socias.
Cuando estudiaba Derecho en PUCMM, tres de mis grandes amigas, Gelda Cáceres, Patricia LLibre y Claudia Roca, eran paralegales de la firma. Estudiábamos juntas y, como consecuencia natural de aquella amistad, yo terminaba visitando con frecuencia su primera oficina en el sector de Gazcue. Más adelante fui paralegal de Ramos Morel & Asocs, también ubicada en la zona, y aquellas visitas continuaron.
En esos años, el Dr. Headrick era para mí un personaje fascinante.
Su apariencia era absolutamente singular para la República Dominicana de entonces. Parecía un lord inglés salido de otra época: sus trajes, sus largas patillas blancas, su manera de vestir. Y andaba en bicicleta. Todavía puedo verlo llegando a la oficina montado en ella, vestido con un traje azul claro. Yo era muy joven y aquella imagen simplemente me dejaba estupefacta.
Detrás de esa presencia tan particular había un hombre sorprendentemente silencioso.
Lo vi muchas veces y no recuerdo haberlo escuchado jamás levantar la voz. Hablaba poco, decía lo preciso y tenía una firmeza que no necesitaba estridencias. Era, si pudiera describirlo así, silenciosamente firme. Ni siquiera sus pasos sonaban al caminar.
Con los años comencé a conocer otra dimensión del Dr. Headrick: la del jurista.
Quienes ejercemos el Derecho desde antes de que las herramientas digitales transformaran nuestra profesión recordamos lo que significaba pasar horas en una biblioteca buscando legislación, doctrina y jurisprudencia. En aquella época, el Compendio Jurídico preparado por el Dr. Headrick y sus actualizaciones constituían para nosotros una fuente de gran valía particularmente para mí cuando trabajaba en litigios relacionados con patentes de invención.
Y había algo que entonces me producía una enorme curiosidad y que, con el tiempo, he aprendido a admirar todavía más: ¿Cómo podía alguien que había llegado desde otro país sentir semejante interés por el derecho dominicano?
No se limitó a estudiar derecho dominicano, aprenderlo y ser consultor. Dedicó tiempo y rigor intelectual a recopilar nuestras decisiones jurisprudenciales, ordenarlas, agruparlas, comentarlas y hacerlas accesibles para quienes necesitábamos consultarlas.
Hoy, cuando una búsqueda puede tomar segundos, resulta fácil olvidar el enorme trabajo que existía detrás de aquello. El Dr. Headrick hizo parte de ese trabajo invisible.
Durante años he escuchado a colegas hablar de su extraordinario criterio jurídico, de su practicidad y de la manera en que incorporaba sus conocimientos y experiencia internacionales a las transacciones en las que participaba. Y se repite especialmente: su respeto por la República Dominicana y por su comunidad jurídica.
No tuve con el Dr. Headrick la relación cercana que tuvieron quienes trabajaron con él durante décadas. Confieso incluso que, siendo tan joven, su presencia me impresionaba tanto que probablemente me paralizaba un poco. Pero he tenido el privilegio de conocerlo también a través de mis socios Mary Fernández, Roberto Rizik y Pancho Álvarez, quienes asumieron la responsabilidad de preservar y transmitir la cultura y los valores que los cuatro construyeron desde los inicios.
Hay incluso tradiciones que nos recuerdan que las culturas se construyen muchas veces de maneras aparentemente pequeñas.
Acción de Gracias (Thanksgiving en inglés) es, desde hace décadas, la gran celebración de nuestra firma. Una tradición que llegó con el Dr. Headrick y más de cuarenta años después continúa reuniéndonos cada año. Incluso después de retirarse, durante un tiempo el Dr. Headrick seguía visitándonos ese día y compartiendo algunas palabras con nosotros. ¿Cuántas personas participan hoy de esa tradición sin haberle siquiera conocido?
Desde su fallecimiento hemos recibido numerosos mensajes de condolencias y solidaridad. Leerlos ha sido muy conmovedor porque cada mensaje revela una pequeña parte de algo que mientras una persona vive resulta difícil dimensionar. Lo que deja en otros.
Y en estos días he pensado mucho en la extraña relación que existe entre legado y trascendencia.
Vivimos en una época que parece invitarnos permanentemente a construir nuestra marca, comunicar nuestros logros, hacernos visibles y dejar constancia de lo que hacemos.
El Dr. Headrick pertenecía a otra manera de estar en el mundo.
No creo que le faltara ambición. Hace falta una enorme ambición intelectual y profesional para llegar a otro país, contribuir a construir una firma, estudiar profundamente su sistema jurídico y producir herramientas que sirvan a generaciones de abogados. Lo que aparentemente no tenía era ambición de protagonismo.
Y quizás ahí reside una de las grandes paradojas de su vida. Sin proponerse trascender, trascendió.
Su apellido permanece hoy en nuestro nombre y en nuestro logo. Una marca detrás de la que existen años de reputación, confianza, principios, servicio al cliente y una determinada manera de hacer las cosas. Todo aquello que no aparece escrito y que nos distingue ante los demás.
Hoy puedo comprender algo que aquella estudiante que veía al Dr. Headrick llegar en bicicleta no tenía todavía herramientas para entender: lo más importante que construimos durante nuestra vida es aquello que queda en los demás.
Hay personas cuyos pasos apenas se escuchan mientras caminan. Los del Dr. Headrick ni siquiera sonaban. Y, sin embargo, qué profundas fueron las huellas que dejó.









