La decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de iniciar negociaciones directas con el presidente ruso, Vladímir Putin, para poner fin a la guerra en Ucrania sin la presencia de Kiev ni de los principales líderes europeos ha marcado un nuevo capítulo en la política internacional. Mientras Europa se reúne en París para definir una respuesta, Washington y Moscú han fijado un encuentro clave en Riad, con el objetivo de sentar las bases de un acuerdo sin la participación de quienes han sostenido a Ucrania desde el inicio del conflicto en 2022.
Más allá de la posible resolución de la guerra, este movimiento revela un reposicionamiento estratégico de Estados Unidos y su interés en consolidar su liderazgo global bajo una óptica pragmática. ¿Qué significa esto para Ucrania, Europa y el futuro del orden mundial?
El desplazamiento de Ucrania y la redefinición del liderazgo global
Desde 2022, Estados Unidos ha sido el mayor financiador de Ucrania, destinando aproximadamente $120,000 millones de dólares en ayuda humanitaria, militar y financiera. Sin embargo, la llegada de Trump a la Casa Blanca ha cambiado las prioridades. Su estrategia de política exterior busca reducir el costo de los conflictos en los que Estados Unidos no obtiene un beneficio directo y reposicionar a su país como la única superpotencia con poder real de decisión.
Para el presidente Volodímir Zelenski, la ausencia de Ucrania en las negociaciones iniciales significa un golpe diplomático y una advertencia clara de que Washington no sostendrá indefinidamente su apoyo incondicional. La guerra ha sido costosa para EE.UU., y la administración de Trump parece estar dispuesta a forzar concesiones que beneficien más a su país que a sus aliados europeos.
Europa queda relegada: ¿Debilidad o pragmatismo?
Si bien líderes europeos como Emmanuel Macron, Keir Starmer y Mark Rutte han manifestado su preocupación por la exclusión de Europa de estas primeras conversaciones, la realidad es que la región no ha logrado frenar la escalada del conflicto ni consolidar una política común para enfrentar la amenaza rusa. La guerra ha expuesto la fragilidad de la seguridad europea, cuya defensa sigue dependiendo en gran parte de la capacidad militar de Estados Unidos.
Trump ha sido claro en su mensaje: Europa ha gastado tres años alimentando un conflicto que no ha podido resolver, y ahora es el turno de Washington de tomar las riendas. Con este movimiento, Trump busca debilitar la influencia de la Unión Europea en los asuntos de seguridad global y, al mismo tiempo, consolidar acuerdos bilaterales más favorables para Estados Unidos en términos comerciales y de venta de armamento.
¿Quién gana y quién pierde en este nuevo escenario?
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Estados Unidos y Rusia emergen como los grandes beneficiarios. Trump logra posicionarse como el único líder con capacidad de decisión, mientras que Putin gana legitimidad al sentarse en la mesa de negociación con Washington sin la presión de Europa ni de Ucrania.
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Ucrania pierde influencia y territorio, ya que es probable que las negociaciones incluyan concesiones territoriales, como la aceptación de la anexión de Crimea y otras regiones ocupadas por Rusia.
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Europa queda debilitada, expuesta a nuevas amenazas de seguridad y sin un liderazgo claro que pueda contrarrestar la estrategia de Trump.
En este contexto, el mensaje de Trump es contundente: Estados Unidos decidirá el futuro del conflicto, y quienes quieran seguridad tendrán que pagar por ella. La guerra en Ucrania puede estar cerca de un punto de inflexión, pero lo que está en juego va más allá de un acuerdo de paz: se está redefiniendo el orden mundial y el papel que cada potencia jugará en él.
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