República Dominicana vive un momento histórico en materia turística. Al cierre de 2025, el país superó los 11.6 millones de visitantes, y en los primeros meses de 2026 ya acumula más de 2.4 millones de turistas, con crecimientos interanuales por encima del 10 %.
Estamos hablando de un sector que genera alrededor de US$12,000 millones anuales, que dinamiza la construcción, el comercio, el transporte y, especialmente, el desarrollo inmobiliario. El turismo, hoy por hoy, no es solo un pilar… es una columna vertebral de la economía dominicana.
Y es precisamente por eso que no podemos darnos el lujo de improvisar.
Las Terrenas: crecimiento, atractivo… y señales de alerta
En ese contexto, Las Terrenas se ha posicionado como uno de los destinos con mayor proyección del país. Su mezcla de naturaleza, multiculturalidad, inversión extranjera y desarrollo inmobiliario la convierten en un activo estratégico dentro del mapa turístico nacional.
En términos inmobiliarios, es uno de los pocos destinos donde conviven la segunda vivienda internacional, el turismo experiencial, una oferta gastronómica diversa y una alta demanda de alquileres de corta estancia. Ese ecosistema ha impulsado su revalorización de manera sostenida en los últimos años.
Pero hay un factor clave que muchos evitan mencionar: parte de ese crecimiento ha sido posible por la ausencia de control estructurado. Durante años, Las Terrenas ha funcionado como un destino abierto, flexible, sin la rigidez de otros polos turísticos más regulados. Eso permitió dinamismo, rapidez en la inversión y diversidad.
Sin embargo, ese mismo modelo hoy empieza a mostrar grietas.
Cuando el desorden deja de ser atractivo
Los acontecimientos recientes —marcados por tensiones sociales, conflictos y percepciones de inseguridad— envían una señal clara: el equilibrio se está perdiendo.
Y en turismo, perder el equilibrio es el primer paso hacia la caída. Un destino no colapsa de un día para otro. Colapsa cuando deja de ser predecible, cuando no hay reglas claras, cuando la autoridad se diluye y cuando los conflictos comienzan a formar parte del paisaje.
A esto se le suma un elemento clave que muchas veces se subestima: la estacionalidad. Periodos como Semana Santa o el Spring Break históricamente elevan la presión sobre destinos turísticos. Aumenta el flujo de visitantes, se intensifica el consumo y también se incrementan los riesgos de desorden, conflictos y deterioro de la experiencia del destino.
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Lo preocupante no es que estos episodios ocurran en temporadas altas —eso es natural en cualquier destino—, sino que se vuelvan recurrentes, mal gestionados y, peor aún, normalizados. Cuando eso pasa, el problema deja de ser coyuntural y se convierte en estructural.
Cabarete y Boca Chica: lecciones que no aprendimos
Casos como Cabarete y Boca Chica no son historias lejanas, son advertencias vigentes. Ambos destinos fueron en su momento referentes del turismo dominicano. Generaban inversión, atraían visitantes de alto valor y proyectaban una imagen internacional sólida.
La falta de planificación, la débil aplicación de normativas, el desorden urbano y la pérdida de control institucional provocaron un efecto en cadena: disminución de la inversión extranjera, caída en la calidad del turismo, reducción del gasto promedio por visitante y deterioro progresivo de la imagen del destino.
El resultado fue una transformación silenciosa pero contundente: pasaron de ser destinos de valor… a destinos de volumen.
El costo real de “arrabalizar” un destino
Permitir que Las Terrenas siga ese camino no es un problema estético ni social únicamente. Es, sobre todo, un problema económico.
Cuando un destino turístico pierde control, se frena la inversión inmobiliaria porque aumenta la percepción de riesgo. Se desplaza el turismo de alto valor, que es el que realmente dinamiza la economía. Se destruye la plusvalía inmobiliaria, afectando tanto a grandes inversionistas como a propietarios locales. Y, como consecuencia directa, se pierden empleos en toda la cadena de valor.
En términos simples, un destino que se deteriora no solo pierde turistas… pierde dinero, oportunidades y futuro.
El error de confundir apertura con ausencia de reglas
Existe una narrativa peligrosa que intenta justificar el desorden bajo la idea de que Las Terrenas “es de todos”. Y sí, debe serlo. Debe ser un espacio de recreación accesible, diverso, abierto para dominicanos y extranjeros. Esa es parte de su esencia.
Pero ningún destino turístico competitivo en el mundo crece sin control. La apertura no puede significar ausencia de normas. La inclusión no puede convertirse en desorganización. Porque cuando no hay reglas, el que pierde no es el inversionista… es el destino completo.
Lo que está en juego
Las Terrenas no es un destino más. Es un punto clave dentro del futuro del turismo inmobiliario en la República Dominicana.
Con un turismo que crece a doble dígito en 2026, con ocupaciones hoteleras cercanas al 85 % y con una demanda internacional en aumento, el país necesita fortalecer sus polos emergentes, no debilitarlos.
Dejar que Las Terrenas se deteriore sería repetir un error que ya conocemos, pero en un momento donde el costo sería mucho mayor.
Una decisión país
Aquí no se trata de frenar el crecimiento, sino de ordenarlo. Se necesita presencia institucional real, aplicación efectiva de normativas, ordenamiento territorial, seguridad y previsibilidad, e integración entre comunidad e inversión.
Porque proteger un destino no es excluir… es garantizar su sostenibilidad.
El momento de actuar es ahora
Las Terrenas aún está a tiempo. A tiempo de consolidarse como uno de los destinos más valiosos del Caribe. A tiempo de evitar errores que otros no supieron corregir. A tiempo de demostrar que el crecimiento puede ir de la mano con el orden.
Pero ese margen no es infinito.
Si no se actúa, si se normaliza el deterioro, si se ignoran las señales, entonces no habrá sorpresa cuando el destino pierda su valor.
Y cuando eso ocurre, no pierde una comunidad.
Pierde la República Dominicana.
















