En la era de los “trending topics”, pareciera que el Gobierno tiene más pantallas que ventanales. Gobernar hoy implica escuchar, sí. Pero también implica decidir. Y esa segunda parte empieza a incomodar cuando el termómetro digital marca fiebre.
Las redes convirtieron a cada ciudadano en emisor y a plataformas como X, Facebook o Instagram en tribunales paralelos. Se juzga rápido, se sentencia más rápido y, a veces, se ejecuta reputacionalmente en cuestión de horas. El problema no es el escrutinio. El problema es cuando el escrutinio sustituye el debido proceso.
Cuando una licitación se detiene por un reportaje, un decreto se “recalibra” por una tendencia, o un funcionario se autocensura por miedo a la reacción online, la señal institucional se vuelve frágil: si cada política pública puede revertirse por presión inmediata, ¿dónde queda la planificación técnica? ¿Dónde queda la responsabilidad del que fue elegido para decidir?
La democracia no es una encuesta diaria. La popularidad no reemplaza la legalidad. El Estado de derecho exige reglas, tiempos y expedientes, no impulsos. Porque si el gobierno se vuelve rehén del ruido, la gobernabilidad termina siendo espectáculo. Y el Estado, una tendencia más.
















