La Visión 2030 de Mohammed Bin Salman choca con la realidad con una fuerza que las grúas detenidas en el noroeste saudí resumen mejor que cualquier cifra: The Line, el proyecto estrella que debía ser una ciudad lineal de 170 kilómetros y 3 millones de habitantes, quedó reducida a una propuesta de 2.4 kilómetros y 300,000 residentes, mientras Arabia Saudí enfrenta un déficit anual revisado a 245,000 millones de riyales, un 48% por encima de su meta inicial.
El repliegue no es un accidente puntual. Es la consecuencia acumulada de proyectos concebidos para proyectar poder antes que para generar retorno, de una arquitectura institucional sin contrapesos independientes y de una guerra regional que aceleró una corrección que ya estaba en marcha. Para los inversores y socios comerciales de la región, incluida la República Dominicana, el giro saudí redefine las condiciones del capital soberano global: menos espectáculo arquitectónico, más rendimiento medible.
El peso de las cancelaciones
NEOM no colapsó de un día para otro. Sus señales de deterioro se volvieron visibles en 2024, con recortes de personal y la salida de Nadhmi al Nasr, el director que durante años fue el rostro público de la megaciudad. Tras esa fractura vinieron las suspensiones en cadena: Trojena, el complejo de esquí que debía albergar los Juegos Asiáticos de Invierno de 2029 (trasladados a Kazajistán), Mukaab, el cubo de 400 por 400 metros previsto en Riad, y el estadio de NEOM diseñado para el Mundial de 2034, con capacidad para 46,000 espectadores a 350 metros de altura.
El costo de salida es tan elevado como el de construcción. NEOM prevé US$16,000 millones en pagos por terminación de contratos entre 2026 y 2030, una cifra superior al monto que se destinará a construir algunas de las obras canceladas. A eso se suma el retiro de financiamiento a LIV Golf, tras haber invertido más de US$5,000 millones en la liga de golf que debía proyectar la marca saudí a escala global.
El presupuesto original de The Line se estimó en US$500,000 millones, pero informes internos filtrados a medios estadounidenses concluyeron que su culminación podría extenderse hasta 2080 y requerir un plan financiero equivalente a más de 25 veces el presupuesto anual saudí. La misma auditoría reveló que la dirección de NEOM habría manipulado el plan de negocio y omitido sobrecostos, alimentando durante años la percepción de viabilidad pese a las dudas técnicas y financieras.
Ellen R. Wald, autora de Saudi, Inc., describió el problema con precisión: «Hay gente que le dice al rey lo que quiere oír». Según la experta, consultores y contratistas habrían inflado expectativas para asegurar contratos, mientras los resultados reales quedaban muy por debajo de las promesas. En un sistema de decisión concentrado, la ausencia de contrapesos independientes convirtió una ambición política en una obligación financiera sin mercado, sin base de ingresos y sin modelo de retorno claro.
La guerra aceleró, pero no originó, el repliegue
El conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel contra Irán en febrero de 2026, junto con la presión hutí en el mar Rojo, elevó los costos logísticos y puso en riesgo infraestructuras costeras donde se concentraban varios megaproyectos. Pero los especialistas coinciden en que el retroceso comenzó antes del conflicto.
El Fondo de Inversión Pública (PIF), el vehículo soberano que financia la Visión 2030, ya había reducido sus compromisos de construcción de US$71,000 millones a US$30,000 millones y ordenado recortes de hasta 60% en algunos proyectos. La guerra funcionó como un acelerador fiscal, no como causa original. El FMI proyecta ahora una contracción del PIB saudí de 3.3% en 2026, lo que convierte al ajuste en una necesidad macroeconómica, no solo en una decisión estratégica.
Del escaparate a la rentabilidad
La corrección no significa el abandono de la diversificación económica, sino un cambio de método. El PIF ha comenzado a priorizar inversiones en inteligencia artificial, minería, logística, energía renovable, industria y cadenas de suministro, proyectos con retorno más claro y vínculo directo con la economía doméstica.
La pregunta ya no es cuánto puede gastar Riad, sino qué inversión genera empleo, capacidad productiva y resiliencia frente a futuros choques energéticos o geopolíticos. Una posibilidad que analizan observadores del sector es reconvertir NEOM en un hub industrial y portuario alejado de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, una función más austera que la de ciudad utópica, pero con lógica económica más sólida.
Los US$16,000 millones en pagos por cancelaciones provendrán de recursos públicos gestionados por un fondo soberano controlado por el propio Bin Salman, lo que traslada el costo del error a las finanzas del Estado. La experiencia de NEOM deja pendiente una pregunta central que los mercados y los socios de Riad observarán de cerca: si Arabia Saudí puede sostener su transformación económica sin auditorías independientes, contratos competitivos y rendición de cuentas institucional, o si la ambición, sin esos pilares, seguirá convirtiéndose en despilfarro.









