Washington / Ottawa – El llamado “nuevo acuerdo” entre China y Canadá no constituye un tratado de libre comercio, sino un preacuerdo limitado de reducción arancelaria, aunque su alcance ha sido suficiente para provocar una reacción inmediata y dura del presidente estadounidense Donald Trump, quien lo considera una amenaza directa a su política comercial.
El entendimiento preliminar, cerrado a mediados de enero, contempla que Canadá reduzca aranceles a vehículos eléctricos chinos, permitiendo la importación anual de hasta 49,000 unidades con un arancel preferencial de 6.1 %. A cambio, China se comprometió a disminuir barreras a productos agrícolas canadienses, como canola, langosta y legumbres, incluidos los guisantes.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha subrayado que no se está negociando un tratado de libre comercio amplio, sino ajustes puntuales para resolver disputas comerciales y aliviar tensiones bilaterales. Ottawa insiste en que el acuerdo no altera sus compromisos dentro del marco del acuerdo norteamericano con Estados Unidos y México.
Sin embargo, Donald Trump interpreta el pacto como una “puerta trasera” para que productos chinos entren al mercado estadounidense vía Canadá, evitando los aranceles ya impuestos por Washington. El mandatario ha advertido que, si Canadá avanza hacia un acuerdo más profundo con Pekín, impondrá aranceles de hasta 100 % a todos los bienes canadienses que ingresen a Estados Unidos.
En redes sociales, Trump elevó el tono político al afirmar que “China se comerá a Canadá” y que un acercamiento excesivo a Pekín “destruiría sus negocios y su estilo de vida”, declaraciones que han intensificado la tensión mediática y diplomática.
Desde Pekín, el gobierno chino ha defendido que el acuerdo “no apunta contra terceros”, rechazando que esté diseñado para perjudicar a Estados Unidos. Para China, se trata de un ajuste bilateral legítimo dentro de un contexto de fragmentación del comercio global.
El trasfondo geopolítico es claro. Para Trump, cualquier acercamiento comercial relevante entre aliados occidentales y China representa un riesgo estratégico y un desafío a su agenda de re-shoring y aranceles generalizados. Para Canadá, el dilema radica en mantener su fuerte dependencia del mercado estadounidense, que absorbe cerca del 75 % de sus exportaciones, sin quedar completamente subordinado a la política comercial de Washington, mientras explora oportunidades en Asia.
















