La última vez que un presidente estadounidense presionó el equivalente económico al botón nuclear fue en 1930, cuando Herbert Hoover promulgó los aranceles impulsados por los congresistas Reed Smoot y Willis Hawley.
Los aranceles Smoot-Hawley —uno de los mayores faux pas de la política económica del siglo XX— derrumbaron el orden comercial de la época y desataron represalias que agravaron la Gran Depresión, condenando a sus autores a la infamia.
Hoy, entre el estruendo político y la incertidumbre de este resucitado proteccionismo, entender su alcance, anticipar su impacto en la economía dominicana y capitalizar sus oportunidades es crucial a la hora de separar la señal del ruido.
El porqué de los aranceles
“Una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y económica de EE.UU.” Así definió la Casa Blanca el persistente déficit comercial —la diferencia entre lo que el país vende y compra al resto del mundo— al imponer aranceles generalizados en el llamado Día de la Liberación.
Pero el déficit es sólo la punta del iceberg. Bajo la superficie avanza la progresiva irrelevancia de la industria manufacturera.
En los setenta, las fábricas aportaban una cuarta parte de la economía estadounidense y empleaban a uno de cada cinco trabajadores. Hoy son apenas el 10% del PIB y el 8% del empleo, desplazadas por un ecosistema de servicios —financieros, inmobiliarios, tecnológicos y consultoría— que dictan el pulso de esa economía.
Algunos analistas coinciden en que esta reconfiguración del PIB se aceleró irreversiblemente tras el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001—el China Shock.
En su ascenso a potencia exportadora, ninguna otra nación ha combinado la velocidad, el alcance geográfico y la diversificación de productos como lo hizo China. Reino Unido necesitó cincuenta años para dominar el comercio mundial del siglo XIX; EE.UU., tres décadas en el XX. China lo logró en apenas ocho años.
Luego de unirse a la OMC, se convirtió en el principal socio comercial de más de 120 países y en líder mundial de exportaciones —15% del total—, reconfigurando cadenas de valor, redefiniendo alianzas internacionales y abaratando bienes y servicios a escala global.
En la América industrial, esos bienes más baratos y abundantes se pagaron con retroceso propio: el Nobel de Economía 2024, Daron Acemoglu, estima que el China Shock costó cerca de un millón de empleos manufactureros y el doble para toda la economía estadounidense.
Mientras las regiones con mayor capital humano —principalmente áreas metropolitanas, costeras y multiculturales— lograron adaptarse y diversificarse, amplias zonas de menor capital humano y de perfil más conservador, sobre todo en el Medio Oeste y el Sur, quedaron atrapadas en un estancamiento prolongado que amplió las brechas económicas, alteró la geografía del empleo y la distribución salarial, profundizando la polarización política.
Quizás ahí radique, para millones de estadounidenses, el porqué de los aranceles: más que una política comercial, los perciben como una reparación histórica.
El método detrás de la locura
Ahora bien, si los aranceles son el método, la verdadera locura es creer que curarán una enfermedad mal diagnósticada. Comencemos por el déficit comercial.
Washington alega que sus exportadores enfrentan barreras que encarecen y dificultan el acceso a otros mercados, y que su déficit refleja fragilidad económica. Pero, más allá del discurso, en estricto rigor ese déficit sólo refleja que EE.UU. consume más de lo que produce, algo que viene ocurriendo sostenidamente desde inicios de los setenta.
Esa brecha la cubren economías con el patrón opuesto —producen más de lo que consumen—, encabezadas por China y, en su mayoría, ubicadas en el sudeste asiático; no por casualidad, la región más golpeada por los nuevos aranceles.
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Por tanto, si el objetivo es reducir el déficit —erróneamente percibido como amenaza existencial—, subir aranceles no funcionará: solo desviará el comercio hacia países menos penalizados. Para lograrlo, Washington tendría que persuadir a hogares, empresas y al propio gobierno de ahorrar más y reducir su demanda, por ejemplo, vía una reforma fiscal.
Además, ese diagnóstico omite un detalle crucial: el déficit en bienes que arrastra EE.UU. lo compensa con un superávit en los servicios donde posee ventajas competitivas, como telecomunicaciones, la propiedad intelectual o finanzas.
En otras palabras, los estadounidenses reciben electrodomésticos, textiles y muebles del resto del mundo y, a cambio, entregan softwares, patentes y capital.
La otra locura es prometer reindustrializar EE.UU. a golpe de aranceles. En su primer mandato, el presidente gravó el 15% de las importaciones; ahora, bajo este proteccionismo resucitado apunta a más del 70% —unos US$2.3 trillones en una economía de US$29 trillones—.
El Budget Lab de Yale (TBL) estima que esto elevaría el arancel efectivo del 2.5% al 18%, su mayor nivel desde 1934, cuando Picasso aún no había pintado el Guernica.
El problema es que casi la mitad de las importaciones de EE.UU. son insumos esenciales; gravarlas encarecería la producción y, lejos de reindustrializar, restaría competitividad al resto de la economía.
TBL estima que, a largo plazo, las manufacturas ganarían 2 puntos del PIB, a costa de caídas en construcción (-3.6%), minería (-1.4%) y agricultura (-0.8%), encogiendo la economía en medio punto de forma permanente.
También habrían consecuencias a corto plazo: el PIB real crecería 0.5% menos cada año en 2025 y 2026. Además, se perderían más de medio millón de empleos y la inflación acumularía 1.8% adicional hacia finales de 2027.
En esencia, la promesa de reindustrialización se reduce a mostrar más fábricas manufactureras, mientras cierran constructoras, sube la inflación, se desacelera el crecimiento y se desplazan industrias que perderían competitividad, dejando una economía permanentemente más pequeña.
Pérdidas globales, oportunidades dominicanas
Bajo el nuevo orden arancelario, unos 180 países enfrentarán tasas base de entre 10% y 50% para ingresar sus productos a EE.UU. Entre los 98 que pagarán el 10%, RD —con el Cibao a apenas 1,150 km de Miami— es la economía más cercana después de Bahamas y Jamaica, y, de estas, la de mayor tamaño (US$125 mil millones) y la que destina la mayor proporción de sus exportaciones al mercado estadounidense, con un 60% del total.
Esto abre una ventana de oportunidad en rubros donde ya lideramos en EE.UU. —como cigarros, dispositivos médicos e interruptores eléctricos— y en los que competimos con potencias ahora más penalizadas, como China (arancel de 30%), India (50%) o Corea del Sur (15%).
Según el Observatory of Economic Complexity del MIT, esta ventaja podría sumar más de US$1,500 millones en exportaciones dominicanas adicionales hacia 2027, con potencial en joyería, calzado, textiles, farmacéuticos y agroindustria, entre otros sectores.
Aprovechando las ventajas
Si queremos atraer inversiones debemos responder: ¿por qué elegir a RD sobre otros competidores?
Dos factores serán decisivos: disponibilidad de terrenos e infraestructura, y capital humano calificado. Atenderlos con rapidez marcará la diferencia entre convertir el nuevo orden arancelario en inversión, empleos y exportaciones, o ver la oportunidad desvanecerse ante competidores más ágiles.
En infraestructura, la saturación de parques industriales y los retrasos en permisos y financiamiento frenan inversiones potenciales. En los últimos cinco años se desarrollaron cerca de 10 millones de pies cuadrados de naves en parques industriales; un reto interesante sería construir 15 millones en los próximos cinco.
Un levantamiento nacional de terrenos estatales disponibles, asignados mediante subastas competitivas, permitiría canalizar los mejores lotes hacia parques con gestión comprobada.
Para reducir los tiempos de construcción, se complementaría con un esquema llave en mano —como opera en Costa Rica y Vietnam—. Reservado para parques de zona franca previamente certificados y activado mediante contratos vinculantes, se integrarían permisos maestros inmediatos (uso de suelo, impacto ambiental, conectividad, etc), diseños de naves estandarizados y financiamiento preaprobado vía banca estatal o fondos de coinversión público-privados.
En capital humano, la escasez de talento técnico es un freno adicional. La diáspora calificada —bilingüe, con competencias diversas y experiencia en mercados laborales altamente competitivos— representa una reserva estratégica para superarlo.
Un programa de retorno, activado mediante contratos laborales, podría ofrecer exenciones temporales de impuesto sobre la renta, financiamiento hipotecario preferente y beneficios adicionales para retornados que establezcan empresas generadoras de empleo en la cadena de valor exportadora.
Con incentivos claros, parte de los más de dos millones de dominicanos en el exterior tendría razones concretas para regresar, aportando talento y know-how al sector productivo en menos tiempo y con un costo fiscal inferior al de formar esas capacidades localmente.
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Estas y otras acciones —como misiones comerciales a mercados con aranceles elevados— deberían articularse en un Plan Nacional de Atracción de Inversiones, idealmente liderado por la Mesa de Zonas Francas en el marco de la Meta RD 2036.
Con este enfoque, iniciativas como el llave en mano y el programa de retorno de diáspora calificada pasarían de ser esfuerzos aislados a ejes de una estrategia capaz de multiplicar la captación anual de inversiones, sumar millones de nuevos metros en operación y diversificar nuestra matriz exportadora hacia sectores de mayor valor agregado.
La señal detrás del ruido
Pocas ideas en economía generan tanta resistencia social y política, pese a su amplio consenso técnico, como el libre comercio.
Quizás ninguna anécdota lo ilustre mejor que el célebre intercambio entre Stanislaw Ulam —uno de los matemáticos del icónico Proyecto Manhattan— y Paul Samuelson, el primer Nobel de Economía estadounidense.
Ulam retó a Samuelson a citar una proposición en toda la ciencia económica que fuera, a la vez, cierta y no trivial. Samuelson respondió con la teoría de la ventaja comparativa de David Ricardo, pilar de los beneficios del libre comercio:
“Que sea lógicamente cierta no necesita demostrarse ante un matemático de su calibre; que no sea trivial lo evidencian los miles de hombres importantes o inteligentes que, tras habérsela explicado, aún no logran comprenderla, creerla ni adoptarla.”
Me temo que el ruido arancelario de Donald Trump, lejos de ser la excepción, confirma la regla de Samuelson.
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